jueves, 27 de septiembre de 2012

Hotel Herzegovina. Quinta Parte

Quiero dedicar esta entrada a Álvaro Pujol, cuyos consejos entre vasos de whisky me ayudaron a matizar y perfeccionar algunos aspectos de esta historia. 

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La recepción estaba vacía a excepción de recepcionista, que distraído y algo aburrido archivaba algunos documentos en una desgastada carpeta color marrón. Apenas se percató de la presencia de Rodrigo hasta que su olor corporal, fruto de una mezcla de cansancio y sufrimiento, le atizó su olfato. Levantó la mirada y descubrió aquella cara de rasgos mediterráneos totalmente desgastada. Apenas quedaba brillo en sus ojos y la piel parecía sucia y erosionada, como una piel de cuero mal curtida. Aquel hombre apenas debía superar la cuarentena, pero el recepcionista tenía la impresión de estar ante una persona que venía de vuelta de la vida y aún le quedaban un par de billetes de ida y vuelta en la cartera. Cualquier otro empleado de hotel, en otras circunstancias y en otro lugar del mundo, se habría cuánto menos escandalizado ante aquella visión. Pero aquel no era un hotel ni un lugar en el mundo cualquiera. Aquel recepcionista aburrido y meditabundo llevaba meses viendo a personas similares acercarse hasta su mostrador en mitad de la noche. La gran mayoría traían la misma expresión en sus rostros. Caras que habían sentido el calor del mismo infierno, y que ahora suplicaban con su mirada un lugar para descansar, aunque fuera en aquel rincón inmundo del centro de Sarajevo. El recepcionista había aprendido a tener mano izquierda con aquellos soldados. Sabía que debía atenderles rápidamente y sin hacerles demasiadas preguntas. Muchos de ellos venían borrachos y furiosos y buscaban cualquier excusa descargar su ira con quien fuera. Eran bombas humanas de relojería y sólo necesitaban la más mínima chispa para prender su mecha.

El recepcionista miró a Rodrigo e intuyó que aún no estaba borracho pero que sin duda necesitaba estarlo pronto. El alcohol escaseaba en la ciudad, pero aquel recepcionista había establecido una interesante red de contactos que le proporcionaban ingresos paralelos a su maltrecho salario. A cambio de dejar habitaciones por horas para satisfacer fogosos arrebatos de pasión y de entregar aquellas prendas de ropa que misteriosamente desaparecían en las estancias de los huéspedes, el recepcionista obtenía a cambio botellas de licor y cigarrillos. No era mucho, ni el suministro era fluido, pero sabía que aquellos hombres atormentados no miraban su economía cuando se trataba de adormecer sus conciencias con un poco de nicotina y alcohol. 

Rodrigo esperaba pacientemente a que el recepcionista terminase de cerrar aquella carpeta marrón. Tras apretar las gomas que cierran las solapas, el recepcionista, le echó una mirada rápida y escurridiza y entregó un formulario que sacó diligentemente de debajo del mostrador. Rodrigo le echó un vistazo rápido. Era un registro estándar de ingreso, mal traducido en inglés. Rodrigo soltó un suspiro de cansancio y miró con desdén al recepcionista. Acto seguido puso sobre el mostrador su pasaporte y un billete de 10 dólares. Quería irse a la cama y lo último que deseaba era perder el tiempo rellenando un estúpido registro que acabaría olvidado en el mismo cajón del que había salido.

Esa fue la señal que estaba esperando el recepcionista para iniciar sutílmente su dudoso negocio. Guiñó confidentemente un ojo a aquel soldado al tiempo que recogía su pasaporte y guardaba el billete de 10 en el bolsillo de su camisa. Se giró para coger la llave de la habitación 312 del cajetín y al ponerse de frente a él de nuevo inició la conversación en un inglés bastante bien trabajado.

- There is no minibar at the room, sir - Dijo en un tono que sonaba forzosamente lastimero.

Rodrigo volvió a resoplar, esta vez más fuerte. Tenía una gran jaqueca y un dolor insoportable en su brazo izquierdo, y lo único que quería era una ducha y unos cuantos tragos. 

- But I have a solution for that. - Continuó el recepcionista bajando la voz suavemente, como quien quiere contar un secreto. Sacó una pequeña llave del bolsillo, mostrándosela a Rodrigo como si quisiera dar mayor interés a aquel acto escénico medidamente preparado que tantas veces había hecho anteriormente. El recepcionista se agachó y desapareció de la vista de Rodrigo. Pudo oír como una cerradura se abría y se volvía a cerrar casi al instante. El recepcionista reapareció con una botella de Ginebra Gordon´s entre sus manos, haciendo un gesto como el del mago que consigue hacer aparecer un conejo del sombrero. La cara de Rodrigo se iluminó repentinamente. Miraba a la botella como un niño mira un juguete a través de un escaparate. Fijo sus ojos en los del recepcionista, en gesto universal de quien quiere saber el precio del objeto que tiene delante.

- Only for you, Sir. Only for especial guest. - dijo el recepcionista girando lentamente la botella sobre sus ejes para que Rodrigo viera con claridad la etiqueta de la botella. - Only 50 Americans Dolars, sir. Very good offer, Sir.

Cincuenta dólares por una ginebra de segunda categoría era un abuso. Pero cuando estás corriendo entre balas y explosiones y vives con el corazón a su máximo rendimiento por la incertidumbre que supone bagar entre francotiradores invisibles, cualquier precio parece adecuado ante una dosis generosa y balsámica de alcohol.

Rodrigo sacó dos billetes de 20 y otro de 10 y los arrojó sobre el mostrador al tiempo que apresaba la botella entre sus manos para observarla más de cerca. No fue un gesto de desprecio, más bien era de desesperación por llevarse aquel líquido a su estómago. El recepcionista recogía los billetes con una mueca de satisfacción.

- Sir .- Dijo aún recogiendo el dinero. - I know some ladies, bosnian girls, very good girls and very good price. Do you want any girl tonight?. - Tuvo que alzar la voz de la pregunta para captar la atención de Rodigro. Éste se giró y respondió sin vacilar.
- No, I´m waiting for a friend. Her name is Diana. Please tell her where my room is.

El recepcionista hizo el gesto del saludo militar en señal de que lo había entendido. Rodrigo le hizo un gesto de afirmación con la cabeza y se dirigió escaleras arriba con la botella aún agarrada entre sus dos manos. El recepcionista vio como la figura de aquel soldado se alejaba piso arriba y se dispuso a rellenar el formulario con los datos que había en el pasaporte. Una vez hubo acabado, se dispuso a guardar en formulario en la vieja carpeta marrón cuando la puerta del hotel se abrió.

Diana entró en el pequeño vestíbulo con paso decidido mientras se hacía dos coletas en el pelo. El recepcionista le miró con un gesto decidido, extremadamente serio. Diana le devolvió la mirada con cierta agresividad, en un tono desafiante. Cuando pasó al lado del mostrador, el recepcionista le agarró con fuerza de su brazo y la acercó violentamente la cabeza de diana hasta su boca. Sus labios casi entraban en contacto con el lóbulo de su oreja. <ya sabes lo que tienes que hacer>, le dijo tajantemente. Diana se zarandeó y se soltó de su brazo en un movimiento brusco. Le miró con una mezcla desprecio, miedo y respeto. Esta vez fue ella quien se acercó a su oído. <Lo sé, hijo de puta, dime en que habitación está>. El recepcionista le dijo el número y soltó una carcajada macabra mientras Diana subía las mismas escaleras que había subido Rodrigo minutos atrás. Entre la penumbra, el recepcionista pudo ver como Diana cambiaba forzadamente su rostro para parecer una persona asustadiza y desvalida.

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Un líquido tibio cayó sobre la cara de Rodrigo, que seguía tendido en el suelo del sótano con un dolor de cabeza como nunca antes había sentido. Levantó levemente su cabeza y noto como su pelo estaba húmedo, seguramente por la sangre que había emanado de la herida de su cabeza. Aunque su visión estaba borrosa, reconoció perfectamente la etiqueta amarilla de la botella cuyo contenido acababa de ser vertido sobre su rostro. Era la etiqueta de Gordon´s.

- Good price! - dijo aquella voz cuya familiaridad empezaba a atizar la memoria de Rodrigo - Very good price, cabrronn!.- Dijo esto último en un castellano forzado y balcanizado. Aquella voz comenzó a reirse a carcajadas que retumbaron en toda la habitación. El eco de aquella risa malvada fue demasiado para Rodrigo, quien notó como su tensión comenzaba a menguar, en el instante justo en el que se volvió a desvanecer

domingo, 23 de septiembre de 2012

La ira del naúfrago

Quererte es una blasfemia al sentido común. 

Aún así soy un insolente, desobediente 

Un apóstata del raciocinio

Un hereje del "buen camino"

Un terrorista de los asuntos del corazón 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Nuestra voz es el aullido de un lobo solitario

Ya se ha apagado el sonido de las calles
y han cesado los gritos que clamaban Revolución.
Sólo queda, la furia contenida de las voces resentidas,
de las personas que abandonan cualquier ambición.

Y yo te pregunto:
¿Acaso no son mas mas amargas las ideas abandonadas?
¿Acaso no son mas agradecidas las cicatrices de las hostias que te da la vida
que recuerdan cómo aprender de nuestro dolor?

La fuerza, que emana de un alma embravecida
no entiende de fronteras, no entiende de despedidas.
Y la soberbia, de quién sabe que está ganando una causa perdida,
es el único recuerdo que perdura, en una Historia convaleciente y dolorida

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hotel Herzegovina. Cuarta Parte

Madrid, Parque del Retiro, tres años antes

El sol primaveral hizo que Rodrigo se quitara la sudadera y se quedara por primera vez en camiseta corta desde que acab el invierno. Estaba sentado en un banco, observando el Palacio de Cristal, mirando sin interés a los patos que nadaban despreocupadamente en el pequeño estanque. La claridad se filtraba entra las ramas de los árboles y al fondo, unos niños jugaban al fútbol en un campo improvisado con sus chaquetas. Aquel era el rincón preferido de Rodrigo, en una ciudad que comenzaba a odiar. Era un día idílico, sin embargo, Rodrigo estaba abatido. Su mirada se perdía entre aquella belleza y apenas sentía aquellas manos que estaban apretando las suyas. 

- Rodrigo. - Aquella voz sonaba cálida, casi persuasiva. - No tienes por qué hacerlo. 

Rodrigo giró su cabeza y la observó. La melena rubia de Lucia brillaba como si fuera de oro al contacto con los rayos del sol. Su mirada, azul intensa, le penetraba sus pupilas hasta los más profundo de su ser. Tenía una expresión firme, paciente, como la de una madre que espera que su hijo acabe de llorar para consolarle. Sin embargo la decisión que había tomado Rodrigo era inamovible. Ni siquiera Lucia le podría hacer cambiar de ida.

 - Tengo que hacerlo. Ya no hay vuelta atrás. - Contestó laconicamente
 - ¡Pero te matarán! ¿Has pensado en eso? ¿Has pensado en tu vida, en la nuestra?. - Los ojos de Lucia habían comenzado a cristalizarse. Sus palabras se habían convertido en súplicas desesperadas al ver que Rodrigo apenas reaccionaba. 

Rodrigo meditó un momento en la idea de la muerte. <Quizá me lo merezco>, pensó para sí mismo. <Merezco morir> se repitió para sí. La idea del suicidio repugnaba a Rodrigo. Rechazaba radicalmente en herirse a sí mismo. Pero, en lo profundo de su ser, sabía que su vida había dejado de tener sentido. Si era otro el que tenía que apretar el gatillo, si era un extraño el que debía poner fin a su existencia, entonces sería decisión del destino. Él había tirado la toalla, y no pensaba recogerla. 

- Rodrigo. - Prosiguió Lucia intentando calmarse. - Piensa en nosotros, no es el fin de nada. Tenemos aún muchas opciones. Hay nuevos tratamientos... tenemos la alternativa de irnos fuera. No pienses en lo peor. No es el fin de nada cariño. Podemos superar esto juntos. Por favor, quédate conmigo. 
- Ya nada va a ser igual. - Dijo Rodrigo con una frialdad que dejó petrificada a Lucía. - Todo ha cambiado. Ya no te puedo ni siquiera mirar a los ojos. 
- Rodrigo escúchame. - Lucia tomó aliento, sabiendo que sus últimas palabras iban a ser un órdago en toda regla. - Si te vas, no me volverás a ver en la vida, ¿me escuchas?. No volverás a saber de mí jamás, ¡nunca!. 
- Si tienes que ser así. - Y nada más terminar la frase se puso de pie y comenzó a andar por la senda que bordea el estanque. 

El rostro de Lucia se inundó en lágrimas. Sabía que su arriesgada jugada había salido mal y estaba viendo impotente como el hombre de su vida se alejaba ajeno a su sufrimiento. Gritó a la desesperada, incapaz de contener el llanto que la asolaba. 

- ¡Rodrigo no tienes que demostrar nada a nadie!. ¡No eres menos hombre por no tener hijos!. ¡Hacerte soldado no te va a curar!. - Sus gritos hicieron que los niños dejasen de jugar para observar la escena . - ¿Me escuchas?. ¡El ejército no te va a dar hijos!, ¡No hagas locuras por Dios, no me dejes sola!. - La última frase apenas pudo salir de su boca. Pero era inútil. Rodrigo seguía caminando con paso firme sabiendo que sus sueños de tener una familia se habían esfumado. Con las manos metidas en los bolsillos apretaba con furia los dos papeles que le habían cambiado su vida en tan sólo una semana. La carta de admisión de la Escuela de Infantería de Zaragoza, y los análisis de fertilidad, en los que le declaraban estéril. 

Sarajevo, Distrito de Petrovici, en la actualidad

Rodrigo seguía tumbado con la mano en el vientre de Diana. Aquella cara angelical seguía mirándole con dulzura, pero él estaba totalmente desencajado. Su corazón comenzó a latir desbocadamente dentro de su pecho. <¿Quién era aquella gente?>, se preguntó para sí mismo. Miró al hermano de Diana y este le devolvió el gesto con una mirada de aprobación. Se fijó detenidamente en sus rasgos y luego volvió a fijarse en Diana. Aquellas dos personas tenían facciones radicalmente distintas. Diana era una persona menuda, con los labios finos, la nariz puntiaguda y los ojos verdes. Su cara era pálida y y sus rasgos afilados. Su hermano era grande, con la piel oscura y curtida. Los labios eran grueso al igual que el resto de sus facciones, mucho redondeadas, con una nariz ancha y los ojos claros, probablemente grises. 

Rodrigo estaba comenzando a sentirse abrumado. Diana seguía mirándole fijamente, con un gesto poco natural, casi burlón. Rodrigo respiraba aceleradamente. Miró a la cuñada de Diana, demasiado joven para tener dos hijos. Y aquellos hijos, tan diferentes el uno del otro, tan... poco complementarios. 

Rodrigo sintió súbitamente la necesidad de huir de aquél lugar. Algo en su interior había dado la voz de alarma. La mano de Diana que le tenía agarrado, había dejado de ser una mano cálida y segura, y ahora la sentía como un elemento extraño que le estaba reteniendo en un sótano oscuro y olvidado de la mano de Dios, en una ciudad que estaba siendo bombardeada en medio de los Balcanes. 

No dudó un segundo, se puso en pie con un movimiento brusco y echó mano a su cartuchera. Rodrigo se dispuso a desenfundar su pistola pero su mirada se oscureció lentamente. No se percató de lo que pasaba hasta que su cráneo no golpeó el suelo. Con la mirada engrisecida, consiguió ver una imagen que le aterrorizó antes de desmayarse. El supuesto hermano de Diana le miraba con una mirada de triunfo, mientras limpiaba la sangre de su llave inglesa.  

martes, 11 de septiembre de 2012

La locura de ser libre

Si me preguntaran cuál es el peor sentimiento que puede sentir el hombre (no en sentido genérico, sino masculino), respondería, sin pensarlo un momento, la incertidumbre. La incertidumbre es una mano invisible que te agarra del cuello y te asfixia lentamente. La incertidumbre es un sentimiento macabro, cruel y repartido en pequeñas dosis pero de forma constante. Podría afirmar sin miedo a equivocarme, que la incertidumbre es el peor de los males, sobre todo si lo combinas con amor.

Porque amar a alguien, y no saber si es recíproco, o peor, amar con locura y que el opuesto esté vacunado a tus delirios, es una sensación recalcitrante. Como pequeñas gotas de ácido cayendo en un corazón ya de por sí herido.

Antes las cosas eran diferentes. Probábamos suerte, esperábamos, y recibíamos nuestra respuesta en un tiempo más o menos prudencial (o no recibíamos respuesta nunca). Pero siempre quedaba la duda de "¿le habrá llegado mi mensaje?". Pero ahora todo es distinto. Ahora tenemos móviles y tenemos Facebook y Twitter, y móviles que tienen ambas cosas. También tenemos la peor medicina para la locura de un hombre, que es el Whatsapp, y su obsceno mensaje de "Última vez conectado". No hay peor sensación de la de mandar un mensaje y ver como la persona aparece en línea y segundos después se vuelve a desconectar sin darte una respuesta. Lo peor, es que queda la evindencia de tu fracaso con tres palabras que penetran en tu alma como cuchillos calientes "Ultima vez conectado". Tocado y hundido.

La gran broma de todo esto es que tenemos la falsa apariencia de que somos libres. Libres para decidir qué ropa ponernos, libres para decidir qué amigos tenemos, si queremos beber alcohol o no, si queremos ser raperos, modernos o bohemios. Somos libres para elegir qué libros leer, qué carrera estudiar y qué ideas políticas cultivar. Pero lo más gracioso de todo esto, es que es una gran mentira orquestada por nuestra mente para hacernos creer que disfrutamos de un albedrío personal que simplemente no existe. No somos libres mientras haya otra persona que monopoliza nuestros pensamientos. Estamos simplemente encadenados a ella y lo peor esque nos atormentamos intentando averiguar si esa cadena seguirá allí o se romperá. Y eso, es la incertidumbre. La cruda y cruel incertidumbre.



lunes, 10 de septiembre de 2012

Hotel Herzegovina. Tercera Parte

Las manos de Diana temblaban. Miraba sus palmas, el anverso, sus finos dedos rematados en callosas yemas. Todo el conjunto temblaba. Trataba de abrir y cerrar los puños, sin obtener respuesta alguna. Presa del terror, sin comprender muy bien porque aquellas manos habían dejado de obedecer, Diana era incapaz de recibir ningún estímulo del exterior. Todo era una gran neblina gris, una gran eco ensordecedor que la aislaba del resto de la humanidad. A tan solo unos pocos metros, cerca de la puerta que daba acceso al pequeño jardín, su hermano le gritaba con toda su alma para que se refugiase dentro de casa, mientras sujetaba a su hijo pequeño en brazos y tiraba de su otra hija de la mano. Sin embargo, Diana sólo percibía una voz tenue dentro de aquel gran eco, como si viniera procedente de varios kilómetros de distancia. Solo tenía atención para aquellas y desgastados manos. Diana trataba de imaginar como eran esas mismas manos hace tan sólo unos meses, con la manicura hecha con esmero; y el esmalte francés sobre sus uñas, que su madre la había regalado en Navidades. Nada que ver con lo que veía en aquel momento.

El silbido que antecede la caída de un obús sacó súbitamente a Diana de su trance. Como si alguien hubiera decido repentinamente subir el volumen al mundo, Diana pegó un pequeño grito de espanto al percibir en un milésima de segunda el caos que tenía a su alrededor. Lo primero que hizo fue buscar con la mirada el origen de aquellos gritos desgarrados que la suplicaban que entrara dentro de casa. Se giró 180 grados y vio a su hermano, con medio cuerpo dentro de la casa, chillándole con lágrimas en los ojos, mientras su dos hijos estaban invadido por un llanto que reflejaba el miedo a lo que eran incapaces de comprender. Diana, se agachó a por la cesta llena de judías que había recogido de su pequeño huerto. Alzó la mano hacia el asa de la cesta de mimbre cuando una fuerza invisible la atizó con una fuerza que no había sentido antes en medio de un estruendo ensordecedor. El frágil cuerpo de Diana fue expulsado varios metros hacia atrás golpeando su espalda contra la verja de madera que marcaba el perímetro.

El obús había debido caer tan solo unas casas más allá de donde se encontraba Diana. En medio de una nube de polvo y cenizas que envolvía todo el ambiente. Diana intentó levantarse del suelo en medio de un gran dolor. Cerró los ojos un segundo y el resto de sus sentidos para detectar de donde venía aquel dolor. Afortunadamente únicamente recibía pinchazos de su zona lumbar, el resto de su cuerpo parecía intacto. Diana palpó rápidamente su cara, bajando por su cuerpo, su torso, su vientre, sus piernas, sin notar ningún foco de dolor. Luego miró sus aún temblorosas manos para comprobar con satisfacción que no había sangre en ellas. Diana entonces se derrumbó sobre la grava y se puso a reir. No era una risa de felicidad, era una risa histérica que salía de una mente y un cuerpo paralizado por el terror. La escena era macabra, en medio de una nube gris y sucia que lo invadía todo, el pequeño y delicado cuerpo pálido de Diana se convulsionaba por culpa de unas carcajadas histrionicas que se perdían entre los gritos, llantos, ecos de derrumbe y explosiones que recorrían todo el distrito de Petrovici.

Unos fuertes brazos recogieron con violencia a Diana del suelo y la llevaron al interior del hogar. Su hermano, desencajado por haberse encontrado a su hermana en ese estado pero feliz por descubrir que estaba ilesa, la llevo en brazos hasta el sótano donde ya se habían refugiado sus hijos y su esposa. Su hermano la recostó con cuidado en el suelo cubierto por mantas y cojines, mientras miraba a su mujer que le devolvía la mirada con incredulidad, como si aquellas carcajadas fueran parte de alguna broma cruel que no comprendía.

Con el sonido de la segunda explosión Diana dejó de reirse. El sonido de la bomba le recordó violentamente que Rodrigo estaba ahí fuera, expuesto al fuego enemigo. Se quedó un segundo muda y comenzó a hiperventilar. Fuerte, cada vez más fuerte, la respiración de Diana iba in crescendo al tiempo que su corazón se desbocaba en su pecho. De repente, se puso en pie con una velocidad increíble, sin importarle la punzada de dolor que recorrió de norte a sur su espalda.

 - ¡Rodrigo! - Gritó con una desesperación que hizo que sus sobrinos volvieran a llorar. -¡Rodrigo!.- Chillaba dirección a las escaleras que daban acceso a la planta superior, como si su voz pudiera atravesar aquellas paredes, esquivar el infierno del bombardeo a Petrovici, y llegar, kilómetros más allá, hasta los oídos de su amado.

Su hermano y su cuñada la agarraron con fuerza de los brazos mientras ella continuaba gritando, cada vez menos fuerte, cada vez más consciente de que aquel hombre jamás la escucharía. No obstante, no dejó de repetir su nombre, aunque las lágrimas que asolaban sus mejillas hacían que en vez de una llamada, su voz sonase como una súplica inútil y desolada. Su familia seguía arropandola, abrazándola mientras le susurraban palabras cálidas, llenas de compresión. Pero Diana había vuelto al trance del que había salido tan solo unos minutos atrás. Miraba sus manos, como quien mira al misterio más grande de la humanidad. Era incapaz de hablar, de escuchar, incluso de pensar, lo único que era capaz de hacer era observar absortamente aquellas extrañas manos.

El bombardeo a Petrovici duró cerca de dos horas. Durante ese tiempo, Diana y su familia permanecieron inmóviles en el sótano. Diana sólo fue capaz de responder, cuando su hermano la obligó a tomarse una copa de coñac para calmar sus nervios. Lo bebió sin rechistar, necesitaba sentir la calidez del alcohol para sentirse más reconfortada.

La penumbra comenzaba a caer. Se intuía por las pequeñas claraboyas que daban al exterior y que daban una mortecina iluminación al sótano. El hermano de Diana decidió que era el momento de encender la pequeña lámpara de gas. El gas era un bien muy preciado en Sarajevo en aquellos días y aquella lámpara, con forma de candil antiguo, sólo se encendía en casos de emergencia. Sin embargo, lo más seguro era pasar la noche refugiados en el sótano, ya que el ejército serbio podría lanzar un nuevo ataque en cualquier momento. Cuando la llama comenzó a elevarse, la moral de Diana se recuperó milagrosamente. Era como si aquella luz amarilla llenase de energía. Diana se frotó los ojos, enrojecidos por sus llantos, y lanzó una tímida sonrisa a su familia. Éstos le respondieron con muecas de afecto. Sus sobrinos, que habían detectado la mejoría de su tía, se acercaron a su lado y la abrazaron. Ambos pusieron las manos sobre su regazo y la miraron con una cara que combinaba súplica y alegría. Diana sabía lo que le estaban pidiendo. Desde hace semanas, Diana había comenzado a cantar canciones de los Beatles para recuperar su inglés ya que era la única manera que tenía de comunicarse con Rodrigo. Por las tardes, si sus sobrinos había hecho las tareas, le cantaba una par de canciones con su voz suave y templada. Ahora, le reclamaban una nueva actuación

Diana les miró con con cariño y se mojó suavemente sus pequeños labios.

 - Oh yeah! I'll tell you something, I think you understand. Well, I'll say that something, I wanna hold your hand. - Sus sobrinos sonrieron complacidos llegados a esta parte, ya que sabían que era su turno para hacer los coros. - I wanna hold your hand .- repitieron los tres a coro. - I wanna hol...

Un ruido atronador volvió a escucharse procedente del exterior. Diana abrazó fuertemente a sus sobrinos y miró espantada a su hermano. Sin embargo, el tenía una expresión diferente. Por su mirada, pudo dilucidar que no se trataba de una bomba, sino de un intruso. Alguién había irrumpido en su casa y ahora se encontraba en el piso de arriba.

Los cuatro permanecieron en silencio. Su hermano escrutó con la mirada el sótano y decidió agarrar una llave inglesa de grandes dimensiones. La sujetó fuertemente entre sus manos y clavó su mirada en las escaleras que daban acceso a la planta superior.

El sonido de la manivela abriéndose lentamente hizo que los corazones de Diana y su familia bombearan sangre y adrenalina a más de doscientas pulsaciones por minutos. El sonido de la puerta mal engrasada abriéndose lentamente inundó todo el sótano. El hermano de Diana bajó la intensidad de la llama hasta el mínimo y agarró con fuerza su improvisada arma. Su mujer permanecía detrás de el, agarrándole la espalda y mirando a sus hijos de manera desesperada, rezando porque las tropas serbias no fueran las que estaban ocupando la casa. Diana tenía la misma idea en su cabeza, y agarraba fuertemente los cuerpos de sus sobrinos, decidida a que les protegería con su vida si fuera necesario.

Por la abertura de la puerta, se coló un haz de luz que fue haciendose más ancho a medida que se abría la puerta. Una bota militar fue lo primero en asomarse por las escaleras. Las miradas de Diana y su hermano se cruzaron, y en ambos les quedó claro una idea: había que defenderse si fuera necesario. La otra bota militar, apareció para bajar al escalón inferior. Aquel soldado estaba bajando. Diana, puso sus manos en los ojos de sus sobrinos. Su cuñada rezaba en voz baja a una velocidad cada vez más elevada y su hermano miraba con los ojos inyectados en sangre a aquel uniforme de camuflaje que ya era visible hasta la cintura.

Aquel cuerpo, siguió bajando pero, a pesar de la penumbra, algo no encajaba. Diana y su hermano parecieron darse cuenta. Aquel cuerpo no tenía la pose firme y decidida de un atacante sino que parecía balancearse, cojeando, teniendo que usar su mano para asirse a la barandilla de las escaleras. Aquel cuerpo estaba herido. El hermano de Diana relajó la tensión de los músculos de su brazo y Diana miraba boquiabierta presa de la expectación. Cuando aquel hombre hubo bajado el último escalón, Diana no pudo contener un grito. Aquel hombre era Rodrigo y estaba malherido.

Diana corrió apresuradamente a sus brazos. Rodrigo comenzaba a desplomarse cuando Diana le sujetó y comenzó a besarle mientras le intentaba erguir. El hermano de Diana también se había levantado y se encontraba pasando el dolorido brazo de Rodrigo por su hombro cuando cayó una nueva bomba. El impacto fue brutal. Los cimientos de la casa se sacudieron y los tres cayeron al suelo sin apenas oponer resistencia. Rodrigo y Diana cayeron enfrentados, cara a cara. Ambos pudieron sentir la dureza y frialdad del suelo al tiempo que se miraban a los ojos.

- Rodrigo. - Dijo Diana mirándole con los ojos vidriosos, presa del pánico por aquella nueva explosión. - Rodrigo, protect the baby.- Rodrigo la miró con estupor un segundo. En seguida se dio cuenta de que había visto a dos niños al bajar, eran sin duda los sobrinos que Diana le había comentado en otras ocasiones. - The baby, Rodrigo, please, the bay.

Rodrigo intentó levantarse lo más rápido que pudo para poner a salvo a aquellos niños. Sin embargo una mano tiraba de él de vuelta al suelo. Diana le miró con dulzura y Rodrigo    dejó de intentar zafarse de ella. Con las manos aún unidas, Rodrigo volvió a tumbarse de nuevo a su lado, sin saber muy bien por qué lo hacía, hechizado por aquellos ojos.

- Rodrigo. - Diana le miró y con un susurro a su oído le dijo. - Rodrigo, your baby. - Y lentamente colocó su mano en su propio vientre. De repente Rodrigo lo entendió todo. Diana estaba embarazada y el hijo era suyo.





jueves, 6 de septiembre de 2012

Su mirada

Su mirada, profunda y penetrante
que azota mis pupilas.
Su mirada, febril y clandestina
que anestesia mis sentidos.

Su mirada, que tantas veces he olvidado
y muchas más, he sentido.
Su mirada, que se abre de forma perenne
como las hojas de un libro

martes, 4 de septiembre de 2012

La Noche de los Tiempos

A menudo, cuando el silencio me ensordece,
y la tormenta, deja charcos en el camino,
el rugir de un corazón desbocado
es de mi tiempo, el único testigo

A menudo, cuando el viento me golpea
con su gélido aliento,
y la codicia de mi mente me susurra
que me de por vencido

Yo le contesto, con la rabia que me alimenta,
que se olvide de que jamás caeré en el olvido.
La furia es el caudal que viaja por mis venas y el pulso,
es el replicar de los años que aún no he vivido.

(pero que algún día viviré)

lunes, 3 de septiembre de 2012

Contra

Cuál ardiente herida abierta
en una piel marchitada.

Cuál recuerdo marcado a fuego
en una memoria trasnochada.

Cuál infierno, cerrado por traspaso,
por un Diablo fugitivo.

Cuál semilla, regada con tus lágrimas
en un desierto cristalino

Ahora solo pienso en tocar
tu boca con mis labios
tus dedos con mis manos
y el resto con mis ojos

Cuál soldado, cautivo y desarmado
en una guerra que ya ha perdido