domingo, 21 de octubre de 2012

De soslayo

De soslayo es la excusa que utilizan mis sentidos
para legitimar cada mirada de cazador furtivo
que dirigen a lo más profundo de tu sonrisa
cuando me hablas de los tiempos que hemos vivido

A lo lejos, las farolas crean una coreografía
de bailarinas de ballet con túnicas amarillas.
Y su luz, brilla al compás de las gotas de lluvia
que observan curiosas a través de la ventanilla.

Porque allí dentro, en nuestro refugio de hojalata,
jugando a sincronizar nuestras pulsaciones 
descubrimos que nuestros dedos terminan
lo que no es capaz de decir cada mirada

La humedad cristaliza en el fondo de tus pupilas
y tus ojos brillan como rayos de tormenta. 
Y te beso, para sentirme de una vez completo
para decirle al tiempo, que tiene mi permiso para ser eterno. 



martes, 9 de octubre de 2012

El martes que no tuvimos

Insultantemente osados
son los látidos anárquicos,
desbocados y embravecidos,
que emite mi corazón envilecido,
por la droga que surge de tus labios,
que tiene secuestrados mis sentidos.

Soy un preso del lenguaje de tus ojos.
Soy un héroe derrotado por tus hechizos.
Soy el dueño de una razón que se equivoca,
si me dice que me has enloquecido

jueves, 27 de septiembre de 2012

Hotel Herzegovina. Quinta Parte

Quiero dedicar esta entrada a Álvaro Pujol, cuyos consejos entre vasos de whisky me ayudaron a matizar y perfeccionar algunos aspectos de esta historia. 

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La recepción estaba vacía a excepción de recepcionista, que distraído y algo aburrido archivaba algunos documentos en una desgastada carpeta color marrón. Apenas se percató de la presencia de Rodrigo hasta que su olor corporal, fruto de una mezcla de cansancio y sufrimiento, le atizó su olfato. Levantó la mirada y descubrió aquella cara de rasgos mediterráneos totalmente desgastada. Apenas quedaba brillo en sus ojos y la piel parecía sucia y erosionada, como una piel de cuero mal curtida. Aquel hombre apenas debía superar la cuarentena, pero el recepcionista tenía la impresión de estar ante una persona que venía de vuelta de la vida y aún le quedaban un par de billetes de ida y vuelta en la cartera. Cualquier otro empleado de hotel, en otras circunstancias y en otro lugar del mundo, se habría cuánto menos escandalizado ante aquella visión. Pero aquel no era un hotel ni un lugar en el mundo cualquiera. Aquel recepcionista aburrido y meditabundo llevaba meses viendo a personas similares acercarse hasta su mostrador en mitad de la noche. La gran mayoría traían la misma expresión en sus rostros. Caras que habían sentido el calor del mismo infierno, y que ahora suplicaban con su mirada un lugar para descansar, aunque fuera en aquel rincón inmundo del centro de Sarajevo. El recepcionista había aprendido a tener mano izquierda con aquellos soldados. Sabía que debía atenderles rápidamente y sin hacerles demasiadas preguntas. Muchos de ellos venían borrachos y furiosos y buscaban cualquier excusa descargar su ira con quien fuera. Eran bombas humanas de relojería y sólo necesitaban la más mínima chispa para prender su mecha.

El recepcionista miró a Rodrigo e intuyó que aún no estaba borracho pero que sin duda necesitaba estarlo pronto. El alcohol escaseaba en la ciudad, pero aquel recepcionista había establecido una interesante red de contactos que le proporcionaban ingresos paralelos a su maltrecho salario. A cambio de dejar habitaciones por horas para satisfacer fogosos arrebatos de pasión y de entregar aquellas prendas de ropa que misteriosamente desaparecían en las estancias de los huéspedes, el recepcionista obtenía a cambio botellas de licor y cigarrillos. No era mucho, ni el suministro era fluido, pero sabía que aquellos hombres atormentados no miraban su economía cuando se trataba de adormecer sus conciencias con un poco de nicotina y alcohol. 

Rodrigo esperaba pacientemente a que el recepcionista terminase de cerrar aquella carpeta marrón. Tras apretar las gomas que cierran las solapas, el recepcionista, le echó una mirada rápida y escurridiza y entregó un formulario que sacó diligentemente de debajo del mostrador. Rodrigo le echó un vistazo rápido. Era un registro estándar de ingreso, mal traducido en inglés. Rodrigo soltó un suspiro de cansancio y miró con desdén al recepcionista. Acto seguido puso sobre el mostrador su pasaporte y un billete de 10 dólares. Quería irse a la cama y lo último que deseaba era perder el tiempo rellenando un estúpido registro que acabaría olvidado en el mismo cajón del que había salido.

Esa fue la señal que estaba esperando el recepcionista para iniciar sutílmente su dudoso negocio. Guiñó confidentemente un ojo a aquel soldado al tiempo que recogía su pasaporte y guardaba el billete de 10 en el bolsillo de su camisa. Se giró para coger la llave de la habitación 312 del cajetín y al ponerse de frente a él de nuevo inició la conversación en un inglés bastante bien trabajado.

- There is no minibar at the room, sir - Dijo en un tono que sonaba forzosamente lastimero.

Rodrigo volvió a resoplar, esta vez más fuerte. Tenía una gran jaqueca y un dolor insoportable en su brazo izquierdo, y lo único que quería era una ducha y unos cuantos tragos. 

- But I have a solution for that. - Continuó el recepcionista bajando la voz suavemente, como quien quiere contar un secreto. Sacó una pequeña llave del bolsillo, mostrándosela a Rodrigo como si quisiera dar mayor interés a aquel acto escénico medidamente preparado que tantas veces había hecho anteriormente. El recepcionista se agachó y desapareció de la vista de Rodrigo. Pudo oír como una cerradura se abría y se volvía a cerrar casi al instante. El recepcionista reapareció con una botella de Ginebra Gordon´s entre sus manos, haciendo un gesto como el del mago que consigue hacer aparecer un conejo del sombrero. La cara de Rodrigo se iluminó repentinamente. Miraba a la botella como un niño mira un juguete a través de un escaparate. Fijo sus ojos en los del recepcionista, en gesto universal de quien quiere saber el precio del objeto que tiene delante.

- Only for you, Sir. Only for especial guest. - dijo el recepcionista girando lentamente la botella sobre sus ejes para que Rodrigo viera con claridad la etiqueta de la botella. - Only 50 Americans Dolars, sir. Very good offer, Sir.

Cincuenta dólares por una ginebra de segunda categoría era un abuso. Pero cuando estás corriendo entre balas y explosiones y vives con el corazón a su máximo rendimiento por la incertidumbre que supone bagar entre francotiradores invisibles, cualquier precio parece adecuado ante una dosis generosa y balsámica de alcohol.

Rodrigo sacó dos billetes de 20 y otro de 10 y los arrojó sobre el mostrador al tiempo que apresaba la botella entre sus manos para observarla más de cerca. No fue un gesto de desprecio, más bien era de desesperación por llevarse aquel líquido a su estómago. El recepcionista recogía los billetes con una mueca de satisfacción.

- Sir .- Dijo aún recogiendo el dinero. - I know some ladies, bosnian girls, very good girls and very good price. Do you want any girl tonight?. - Tuvo que alzar la voz de la pregunta para captar la atención de Rodigro. Éste se giró y respondió sin vacilar.
- No, I´m waiting for a friend. Her name is Diana. Please tell her where my room is.

El recepcionista hizo el gesto del saludo militar en señal de que lo había entendido. Rodrigo le hizo un gesto de afirmación con la cabeza y se dirigió escaleras arriba con la botella aún agarrada entre sus dos manos. El recepcionista vio como la figura de aquel soldado se alejaba piso arriba y se dispuso a rellenar el formulario con los datos que había en el pasaporte. Una vez hubo acabado, se dispuso a guardar en formulario en la vieja carpeta marrón cuando la puerta del hotel se abrió.

Diana entró en el pequeño vestíbulo con paso decidido mientras se hacía dos coletas en el pelo. El recepcionista le miró con un gesto decidido, extremadamente serio. Diana le devolvió la mirada con cierta agresividad, en un tono desafiante. Cuando pasó al lado del mostrador, el recepcionista le agarró con fuerza de su brazo y la acercó violentamente la cabeza de diana hasta su boca. Sus labios casi entraban en contacto con el lóbulo de su oreja. <ya sabes lo que tienes que hacer>, le dijo tajantemente. Diana se zarandeó y se soltó de su brazo en un movimiento brusco. Le miró con una mezcla desprecio, miedo y respeto. Esta vez fue ella quien se acercó a su oído. <Lo sé, hijo de puta, dime en que habitación está>. El recepcionista le dijo el número y soltó una carcajada macabra mientras Diana subía las mismas escaleras que había subido Rodrigo minutos atrás. Entre la penumbra, el recepcionista pudo ver como Diana cambiaba forzadamente su rostro para parecer una persona asustadiza y desvalida.

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Un líquido tibio cayó sobre la cara de Rodrigo, que seguía tendido en el suelo del sótano con un dolor de cabeza como nunca antes había sentido. Levantó levemente su cabeza y noto como su pelo estaba húmedo, seguramente por la sangre que había emanado de la herida de su cabeza. Aunque su visión estaba borrosa, reconoció perfectamente la etiqueta amarilla de la botella cuyo contenido acababa de ser vertido sobre su rostro. Era la etiqueta de Gordon´s.

- Good price! - dijo aquella voz cuya familiaridad empezaba a atizar la memoria de Rodrigo - Very good price, cabrronn!.- Dijo esto último en un castellano forzado y balcanizado. Aquella voz comenzó a reirse a carcajadas que retumbaron en toda la habitación. El eco de aquella risa malvada fue demasiado para Rodrigo, quien notó como su tensión comenzaba a menguar, en el instante justo en el que se volvió a desvanecer

domingo, 23 de septiembre de 2012

La ira del naúfrago

Quererte es una blasfemia al sentido común. 

Aún así soy un insolente, desobediente 

Un apóstata del raciocinio

Un hereje del "buen camino"

Un terrorista de los asuntos del corazón 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Nuestra voz es el aullido de un lobo solitario

Ya se ha apagado el sonido de las calles
y han cesado los gritos que clamaban Revolución.
Sólo queda, la furia contenida de las voces resentidas,
de las personas que abandonan cualquier ambición.

Y yo te pregunto:
¿Acaso no son mas mas amargas las ideas abandonadas?
¿Acaso no son mas agradecidas las cicatrices de las hostias que te da la vida
que recuerdan cómo aprender de nuestro dolor?

La fuerza, que emana de un alma embravecida
no entiende de fronteras, no entiende de despedidas.
Y la soberbia, de quién sabe que está ganando una causa perdida,
es el único recuerdo que perdura, en una Historia convaleciente y dolorida

jueves, 13 de septiembre de 2012

Hotel Herzegovina. Cuarta Parte

Madrid, Parque del Retiro, tres años antes

El sol primaveral hizo que Rodrigo se quitara la sudadera y se quedara por primera vez en camiseta corta desde que acab el invierno. Estaba sentado en un banco, observando el Palacio de Cristal, mirando sin interés a los patos que nadaban despreocupadamente en el pequeño estanque. La claridad se filtraba entra las ramas de los árboles y al fondo, unos niños jugaban al fútbol en un campo improvisado con sus chaquetas. Aquel era el rincón preferido de Rodrigo, en una ciudad que comenzaba a odiar. Era un día idílico, sin embargo, Rodrigo estaba abatido. Su mirada se perdía entre aquella belleza y apenas sentía aquellas manos que estaban apretando las suyas. 

- Rodrigo. - Aquella voz sonaba cálida, casi persuasiva. - No tienes por qué hacerlo. 

Rodrigo giró su cabeza y la observó. La melena rubia de Lucia brillaba como si fuera de oro al contacto con los rayos del sol. Su mirada, azul intensa, le penetraba sus pupilas hasta los más profundo de su ser. Tenía una expresión firme, paciente, como la de una madre que espera que su hijo acabe de llorar para consolarle. Sin embargo la decisión que había tomado Rodrigo era inamovible. Ni siquiera Lucia le podría hacer cambiar de ida.

 - Tengo que hacerlo. Ya no hay vuelta atrás. - Contestó laconicamente
 - ¡Pero te matarán! ¿Has pensado en eso? ¿Has pensado en tu vida, en la nuestra?. - Los ojos de Lucia habían comenzado a cristalizarse. Sus palabras se habían convertido en súplicas desesperadas al ver que Rodrigo apenas reaccionaba. 

Rodrigo meditó un momento en la idea de la muerte. <Quizá me lo merezco>, pensó para sí mismo. <Merezco morir> se repitió para sí. La idea del suicidio repugnaba a Rodrigo. Rechazaba radicalmente en herirse a sí mismo. Pero, en lo profundo de su ser, sabía que su vida había dejado de tener sentido. Si era otro el que tenía que apretar el gatillo, si era un extraño el que debía poner fin a su existencia, entonces sería decisión del destino. Él había tirado la toalla, y no pensaba recogerla. 

- Rodrigo. - Prosiguió Lucia intentando calmarse. - Piensa en nosotros, no es el fin de nada. Tenemos aún muchas opciones. Hay nuevos tratamientos... tenemos la alternativa de irnos fuera. No pienses en lo peor. No es el fin de nada cariño. Podemos superar esto juntos. Por favor, quédate conmigo. 
- Ya nada va a ser igual. - Dijo Rodrigo con una frialdad que dejó petrificada a Lucía. - Todo ha cambiado. Ya no te puedo ni siquiera mirar a los ojos. 
- Rodrigo escúchame. - Lucia tomó aliento, sabiendo que sus últimas palabras iban a ser un órdago en toda regla. - Si te vas, no me volverás a ver en la vida, ¿me escuchas?. No volverás a saber de mí jamás, ¡nunca!. 
- Si tienes que ser así. - Y nada más terminar la frase se puso de pie y comenzó a andar por la senda que bordea el estanque. 

El rostro de Lucia se inundó en lágrimas. Sabía que su arriesgada jugada había salido mal y estaba viendo impotente como el hombre de su vida se alejaba ajeno a su sufrimiento. Gritó a la desesperada, incapaz de contener el llanto que la asolaba. 

- ¡Rodrigo no tienes que demostrar nada a nadie!. ¡No eres menos hombre por no tener hijos!. ¡Hacerte soldado no te va a curar!. - Sus gritos hicieron que los niños dejasen de jugar para observar la escena . - ¿Me escuchas?. ¡El ejército no te va a dar hijos!, ¡No hagas locuras por Dios, no me dejes sola!. - La última frase apenas pudo salir de su boca. Pero era inútil. Rodrigo seguía caminando con paso firme sabiendo que sus sueños de tener una familia se habían esfumado. Con las manos metidas en los bolsillos apretaba con furia los dos papeles que le habían cambiado su vida en tan sólo una semana. La carta de admisión de la Escuela de Infantería de Zaragoza, y los análisis de fertilidad, en los que le declaraban estéril. 

Sarajevo, Distrito de Petrovici, en la actualidad

Rodrigo seguía tumbado con la mano en el vientre de Diana. Aquella cara angelical seguía mirándole con dulzura, pero él estaba totalmente desencajado. Su corazón comenzó a latir desbocadamente dentro de su pecho. <¿Quién era aquella gente?>, se preguntó para sí mismo. Miró al hermano de Diana y este le devolvió el gesto con una mirada de aprobación. Se fijó detenidamente en sus rasgos y luego volvió a fijarse en Diana. Aquellas dos personas tenían facciones radicalmente distintas. Diana era una persona menuda, con los labios finos, la nariz puntiaguda y los ojos verdes. Su cara era pálida y y sus rasgos afilados. Su hermano era grande, con la piel oscura y curtida. Los labios eran grueso al igual que el resto de sus facciones, mucho redondeadas, con una nariz ancha y los ojos claros, probablemente grises. 

Rodrigo estaba comenzando a sentirse abrumado. Diana seguía mirándole fijamente, con un gesto poco natural, casi burlón. Rodrigo respiraba aceleradamente. Miró a la cuñada de Diana, demasiado joven para tener dos hijos. Y aquellos hijos, tan diferentes el uno del otro, tan... poco complementarios. 

Rodrigo sintió súbitamente la necesidad de huir de aquél lugar. Algo en su interior había dado la voz de alarma. La mano de Diana que le tenía agarrado, había dejado de ser una mano cálida y segura, y ahora la sentía como un elemento extraño que le estaba reteniendo en un sótano oscuro y olvidado de la mano de Dios, en una ciudad que estaba siendo bombardeada en medio de los Balcanes. 

No dudó un segundo, se puso en pie con un movimiento brusco y echó mano a su cartuchera. Rodrigo se dispuso a desenfundar su pistola pero su mirada se oscureció lentamente. No se percató de lo que pasaba hasta que su cráneo no golpeó el suelo. Con la mirada engrisecida, consiguió ver una imagen que le aterrorizó antes de desmayarse. El supuesto hermano de Diana le miraba con una mirada de triunfo, mientras limpiaba la sangre de su llave inglesa.  

martes, 11 de septiembre de 2012

La locura de ser libre

Si me preguntaran cuál es el peor sentimiento que puede sentir el hombre (no en sentido genérico, sino masculino), respondería, sin pensarlo un momento, la incertidumbre. La incertidumbre es una mano invisible que te agarra del cuello y te asfixia lentamente. La incertidumbre es un sentimiento macabro, cruel y repartido en pequeñas dosis pero de forma constante. Podría afirmar sin miedo a equivocarme, que la incertidumbre es el peor de los males, sobre todo si lo combinas con amor.

Porque amar a alguien, y no saber si es recíproco, o peor, amar con locura y que el opuesto esté vacunado a tus delirios, es una sensación recalcitrante. Como pequeñas gotas de ácido cayendo en un corazón ya de por sí herido.

Antes las cosas eran diferentes. Probábamos suerte, esperábamos, y recibíamos nuestra respuesta en un tiempo más o menos prudencial (o no recibíamos respuesta nunca). Pero siempre quedaba la duda de "¿le habrá llegado mi mensaje?". Pero ahora todo es distinto. Ahora tenemos móviles y tenemos Facebook y Twitter, y móviles que tienen ambas cosas. También tenemos la peor medicina para la locura de un hombre, que es el Whatsapp, y su obsceno mensaje de "Última vez conectado". No hay peor sensación de la de mandar un mensaje y ver como la persona aparece en línea y segundos después se vuelve a desconectar sin darte una respuesta. Lo peor, es que queda la evindencia de tu fracaso con tres palabras que penetran en tu alma como cuchillos calientes "Ultima vez conectado". Tocado y hundido.

La gran broma de todo esto es que tenemos la falsa apariencia de que somos libres. Libres para decidir qué ropa ponernos, libres para decidir qué amigos tenemos, si queremos beber alcohol o no, si queremos ser raperos, modernos o bohemios. Somos libres para elegir qué libros leer, qué carrera estudiar y qué ideas políticas cultivar. Pero lo más gracioso de todo esto, es que es una gran mentira orquestada por nuestra mente para hacernos creer que disfrutamos de un albedrío personal que simplemente no existe. No somos libres mientras haya otra persona que monopoliza nuestros pensamientos. Estamos simplemente encadenados a ella y lo peor esque nos atormentamos intentando averiguar si esa cadena seguirá allí o se romperá. Y eso, es la incertidumbre. La cruda y cruel incertidumbre.