Yo - A ver si te veo, pituki de las Landas
María - Sí hombre, hoy no sé, pero seguro que mañana en la Cabalgata
Yo - Que si no te veo se alarga eternamente el invierno.
Si no te veo, la brisa que desabrocha mi camisa golpea mi corazón de enero.0
Si no te veo, enmudece la sonrisa del niño que habita en mis adentros
viernes, 4 de enero de 2013
miércoles, 26 de diciembre de 2012
La canción del capitán que se quedó sin rumbo
Corría el año en el que el Capitán descubrió que jamás conocería a ninguna sirena.
Su barba gris canosa se mecía al viento salado que no había conocido la tierra.
Miraba al horizonte, al que quería como un hijo, con sus ojos azules grisaceos
golpeados con furia por años de la lágrimas de sal que le devolvía el océano
El Capitán, bebía whisky escocés y ron colombiano, pero sus penas, no entendían de fronteras.
Ataviado con su brújula de latón, maldecía con palabras olvidadas sus años pasados.
En el mar, no hay paredes ni muros que devuelvan el eco de los lamentos.
Sólo la soledad, que termina por marchitar los últimos pétalos de la Rosa de los Vientos.
jueves, 13 de diciembre de 2012
Leitmotiv
Indomable cautiva, guerrera aprehendida.
Malsonante arritmia de cien corazones.
Desbocado paisaje de ensueño.
Libertad asumida, de quien no tiene dueño
Ardiente sinfonía de cien tempestades.
Equilibrios en la línea del horizonte.
Oleaje seco de mares en calma.
Viajera del rumbo de los polizontes.
Malsonante arritmia de cien corazones.
Desbocado paisaje de ensueño.
Libertad asumida, de quien no tiene dueño
Ardiente sinfonía de cien tempestades.
Equilibrios en la línea del horizonte.
Oleaje seco de mares en calma.
Viajera del rumbo de los polizontes.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
El Blues de la Calle Dohany
El termómetro que días atrás había puesto en el alfeizar de mi ventana marcaba -8ºC, -9 cuando el mercurio retumbaba al paso del trolubús que paraba bajo mi ventana. Budapest llevaba nevado tres días y la ciudad parecía que había retrocedido a otro tiempo. Yo llevaba tres días sin salir de casa, nada más que por las noches para refugiarme en los bares de los sótanos de la Calle Baross, a dos paradas de tranvía de mi casa. Los días, los pasaba entre una mezcla de añoranza y tranquilidad, alimentándome a base de pasta, café, cerveza e ibuprofeno. Solía acurrucarme en mi cama, guardando mis manos dentro de mi forro polar rojo y cubierto con una manta, mirando cómo la vida húngara transcurría al otro lado de la ventana. Era mágico a la vez que desconcertante. Yo me encontraba allí, escuchando canciones de Oasis y de Yann Tiersen, con una tazá de café caliente en mi mano, viendo como se desarrollaba una vida que debía estar viviendo ajena a mí pero a la vez tan cercana. Tan sólo a unos metros estaba aquella gente, con su idioma ininteligible, sus costumbres, sus risas por gracias que jamás llegaría a entender. Estaban allí a tan solo unos metros esperando el trolebús pero parecían como a mil kilómetros de distancia, como si estuvieran en una pantalla de televisión. Me había creado un cálido mundo y confortable, lleno de música, cerveza y cafeina que tan sólo se difuminaba cuando observaba la temperatura en el termómetro al otro lado del cristal.
Al tercer día, marcaba -12ºC. Nunca jamás había estado en un lugar tan frío, y tenía que experimentarlo. Ese día, me di una buena ducha por la mañana, mientras cantaba una canción de Los Planetas. Me sequé bien el pelo y me vestí. Bajo los vaqueros me puse unas mallas, no quería quemarme la piel fría al roce de la tela vaquera. Me puse una camiseta térmica, el forro polar, un jersey y mi abrigo. Cogí una bufanda, un gorro de lana y unos guantes y salí a la calle. Al cruzar el umbral del portal, el frío me golpeó el poco espacio descubierto de mi cara, como si la realidad tuviera manos de hielo. Ya era uno más de ellos. Caminé a lo largo de mi calle, Dohany Utca, hasta su inicio. Allí se encuentra la Sinagoga de Budadest. Vi a un par de niños judíos jugando con la nieve, les miré con una ternura distante y seguí caminando. Llegué a la zona turística de las calles a las orillas del río Danubio. El ajetreo era constante. Hordas de turistas se resguardaban del frío entrando de tienda en tienda. El murmullo era generalizado y una nube formada por los alientos humanos se iba renovando constantemente a pocos metros de las personas. Miraba todo aquello con una indiferencia fascinante. Yo era un elemento más de aquella de ciudad, era un pequeño tótem de tela de abrigo, con los hombros encogidos y la nariz pegada al pecho, mirando todo aquello y tiritando de frió.
Decidí dejar aquella zona y cruzar el río hacía la parte de Buda, mucho más histórica y mucho más masificada de turistas curiosos. Siempre me gustó Buda, si tuviera que vivir un largo periodo de tiempo en aquella ciudad sin duda escogería Buda. La parte de Pest es el corazón de la ciudad, es ruidosa, turbia, señorial a la vez que decadente. Es sublime pero desgastada. Los bares sórdidos, las discotecas, la suciedad, las corrientes de gentes, las calles con aire soviético, todo ello habita en Pest. Buda, por otra parte, es la elegancia. Es la señora que mira altiva desde su trono a sus hijos traviesos al otro lado del río. Buda es tiene un ambiente que no he podido encontrar en ninguna otra capital europea. Es una personalidad única, que se puede ver en cada fachada de edificio, en la actitud de sus habitantes. Es la voz dulce de uan cantante de jazz, que te envuelve los sentidos mientras te tomas una buena copa de vino en un local con clase.
Crucé el Puente de las Cadenas asediado por las parejas y grupos que buscaban un fotógrafo de un solo click. Me tuve que detener tres o cuatro veces hasta que conseguí llegar a la otra orilla. Una vez allí, aproveché que el autobús 16 acababa de detenerse en su parada y subí a la zona del Castillo. Pocas vistas en el mundo hay tan sobrecogedoras que las que se tienen desde allá arriba. Describirlo sería como intentar explicar la luz en un cuadro de Caravaggio, como intentar transmitir los sentimientos que produce la el preludio de la Suite para cello de Bach. Estar allí arriba es música a través de los ojos y belleza a través de los oidos. El frío gélido despareció durante los minutos que pasé contemplando aquella ciudad destruida y reconstruida a través de los tiempos. Una ciudad herida de muerte tantas veces como veces resucitó de sus cenizas para ser aún más esplendorosa que antaño. Fue una de las muchas catarsis que tuve en Budapest los 10 meses que viví y pensé en sus entrañas.
El móvil sonó justo cuando me despedía de aquel paisaje. Habíamos quedado en algunos minutos en una cervecería turbia y ruidosa cerca de mi casa, en la calle Dohany. Deshice el camino y volví justo en el momento en el que mis amigos estaban entrando apresuradamente en aquel antro huyendo de las garras del frío. Entré con un sentimiento de satisfacción y victoria, y mientras me desprendía de varias capas de abrigo pedí un cerveza. Brindé por aquel día que aún recuerdo con un cierto escalofrío en mi carne, tal vez por el recuerdo de haber vivido el día más frío en mi vida, tal vez por haberme sentido increíblemente cálido.
lunes, 12 de noviembre de 2012
El camino de vuelta al pasado
A solas, te prendo como el fuego de verano
Juntos, remamos en distintos oleajes.
Y te desahogas, me chillas con tu voz oprimida
Diciéndome que fue en balde todo el viaje
¿Acaso no has visto mis cicatrices?
¿Acaso es el fracaso un sabor digerible?
Si vivieras un minuto más de lo vivido a mi lado,
tal vez entenderías lo que viste
La rabia es una bandera blanca en esta guerra,
Nuestro amor pretérito y confundido, los soldados.
Y si te olvidas, por un segundo, de las fronteras
Déjame que te recuerde lo perdido con mis labios
domingo, 21 de octubre de 2012
De soslayo
De soslayo es la excusa que utilizan mis sentidos
para legitimar cada mirada de cazador furtivo
que dirigen a lo más profundo de tu sonrisa
cuando me hablas de los tiempos que hemos vivido
A lo lejos, las farolas crean una coreografía
de bailarinas de ballet con túnicas amarillas.
Y su luz, brilla al compás de las gotas de lluvia
que observan curiosas a través de la ventanilla.
Porque allí dentro, en nuestro refugio de hojalata,
jugando a sincronizar nuestras pulsaciones
jugando a sincronizar nuestras pulsaciones
descubrimos que nuestros dedos terminan
lo que no es capaz de decir cada mirada
La humedad cristaliza en el fondo de tus pupilas
y tus ojos brillan como rayos de tormenta.
Y te beso, para sentirme de una vez completo
para decirle al tiempo, que tiene mi permiso para ser eterno.
martes, 9 de octubre de 2012
El martes que no tuvimos
Insultantemente osados
son los látidos anárquicos,
desbocados y embravecidos,
que emite mi corazón envilecido,
por la droga que surge de tus labios,
que tiene secuestrados mis sentidos.
Soy un preso del lenguaje de tus ojos.
Soy un héroe derrotado por tus hechizos.
Soy el dueño de una razón que se equivoca,
si me dice que me has enloquecido
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