miércoles, 26 de diciembre de 2012

La canción del capitán que se quedó sin rumbo

Corría el año en el que el Capitán descubrió que jamás conocería a ninguna sirena.
Su barba gris canosa se mecía al viento salado que no había conocido la tierra. 
Miraba al horizonte, al que quería como un hijo, con sus ojos azules grisaceos
golpeados con furia por años de la lágrimas de sal que le devolvía el océano

El Capitán, bebía whisky escocés y ron colombiano, pero sus penas, no entendían de fronteras.
Ataviado con su brújula de latón, maldecía con palabras olvidadas sus años pasados.
En el mar, no hay paredes ni muros que devuelvan el eco de los lamentos.
Sólo la soledad, que termina por marchitar los últimos pétalos de la Rosa de los Vientos.




jueves, 13 de diciembre de 2012

Leitmotiv

Indomable cautiva, guerrera aprehendida.
Malsonante arritmia de cien corazones.
Desbocado paisaje de ensueño.
Libertad asumida, de quien no tiene dueño

Ardiente sinfonía de cien tempestades.
Equilibrios en la línea del horizonte.
Oleaje seco de mares en calma.
Viajera del rumbo de los polizontes.



miércoles, 28 de noviembre de 2012

El Blues de la Calle Dohany

El termómetro que días atrás había puesto en el alfeizar de mi ventana marcaba -8ºC, -9 cuando el mercurio retumbaba al paso del trolubús que paraba bajo mi ventana. Budapest llevaba nevado tres días y la ciudad parecía que había retrocedido a otro tiempo. Yo llevaba tres días sin salir de casa, nada más que por las noches para refugiarme en los bares de los sótanos de la Calle Baross, a dos paradas de tranvía de mi casa. Los días, los pasaba entre una mezcla de añoranza y tranquilidad, alimentándome a base de pasta, café, cerveza e ibuprofeno. Solía acurrucarme en mi cama, guardando mis manos dentro de mi forro polar rojo y cubierto con una manta, mirando cómo la vida húngara transcurría al otro lado de la ventana. Era mágico a la vez que desconcertante. Yo me encontraba allí, escuchando canciones de Oasis y de Yann Tiersen, con una tazá de café caliente en mi mano, viendo como se desarrollaba una vida que debía estar viviendo ajena a mí pero a la vez tan cercana. Tan sólo a unos metros estaba aquella gente, con su idioma ininteligible, sus costumbres, sus risas por gracias que jamás llegaría a entender. Estaban allí a tan solo unos metros esperando el trolebús pero parecían como a mil kilómetros de distancia, como si estuvieran en una pantalla de televisión. Me había creado un cálido mundo y confortable, lleno de música, cerveza y cafeina que tan sólo se difuminaba cuando observaba la temperatura en el termómetro al otro lado del cristal. 

Al tercer día, marcaba -12ºC. Nunca jamás había estado en un lugar tan frío, y tenía que experimentarlo. Ese día, me di una buena ducha por la mañana, mientras cantaba una canción de Los Planetas. Me sequé bien el pelo y me vestí. Bajo los vaqueros me puse unas mallas, no quería quemarme la piel fría al roce de la tela vaquera. Me puse  una camiseta térmica, el forro polar, un jersey y mi abrigo. Cogí una bufanda, un gorro de lana y unos guantes y salí a la calle. Al cruzar el umbral del portal, el frío me golpeó el poco espacio descubierto de mi cara, como si la realidad tuviera manos de hielo. Ya era uno más de ellos. Caminé a lo largo de mi calle, Dohany Utca, hasta su inicio. Allí se encuentra la Sinagoga de Budadest. Vi a un par de niños judíos jugando con la nieve, les miré con una ternura distante y seguí caminando. Llegué a la zona turística de las calles a las orillas del río Danubio. El ajetreo era constante. Hordas de turistas se resguardaban del frío entrando de tienda en tienda. El murmullo era generalizado y una nube formada por los alientos humanos se iba renovando constantemente a pocos metros de las personas. Miraba todo aquello con una indiferencia fascinante. Yo era un elemento más de aquella de ciudad, era un pequeño tótem de tela de abrigo, con los hombros encogidos y la nariz pegada al pecho, mirando todo aquello y tiritando de frió. 

Decidí dejar aquella zona y cruzar el río hacía la parte de Buda, mucho más histórica y mucho más masificada de turistas curiosos. Siempre me gustó Buda, si tuviera que vivir un largo periodo de tiempo en aquella ciudad sin duda escogería Buda. La parte de Pest es el corazón de la ciudad, es ruidosa, turbia, señorial a la vez que decadente. Es sublime pero desgastada. Los bares sórdidos, las discotecas, la suciedad, las corrientes de gentes, las calles con aire soviético, todo ello habita en Pest. Buda, por otra parte, es la elegancia. Es la señora que mira altiva desde su trono a sus hijos traviesos al otro lado del río. Buda es tiene un ambiente que no he podido encontrar en ninguna otra capital europea. Es una personalidad única, que se puede ver en cada fachada de edificio, en la actitud de sus habitantes. Es la voz dulce de uan cantante de jazz, que te envuelve los sentidos mientras te tomas una buena copa de vino en un local con clase. 

Crucé el Puente de las Cadenas asediado por las parejas y grupos que buscaban un fotógrafo de un solo click. Me tuve que detener tres o cuatro veces hasta que conseguí llegar a la otra orilla. Una vez allí, aproveché que el autobús 16 acababa de detenerse en su parada y subí a la zona del Castillo. Pocas vistas en el mundo hay tan sobrecogedoras que las que se tienen desde allá arriba. Describirlo sería como intentar explicar la luz en un cuadro de Caravaggio, como intentar transmitir los sentimientos que produce la el preludio de la Suite para cello de Bach. Estar allí arriba es música a través de los ojos y belleza a través de los oidos. El frío gélido despareció durante los minutos que pasé contemplando aquella ciudad destruida y reconstruida a través de los tiempos. Una ciudad herida de muerte tantas veces como veces resucitó de sus cenizas para ser aún más esplendorosa que antaño. Fue una de las muchas catarsis que tuve en Budapest los 10 meses que viví y pensé en sus entrañas. 

El móvil sonó justo cuando me despedía de aquel paisaje. Habíamos quedado en algunos minutos en una cervecería turbia y ruidosa cerca de mi casa, en la calle Dohany. Deshice el camino y volví justo en el momento en el que mis amigos estaban entrando apresuradamente en aquel antro huyendo de las garras del frío. Entré con un sentimiento de satisfacción y victoria, y mientras me desprendía de varias capas de abrigo pedí un cerveza. Brindé por aquel día que aún recuerdo con un cierto escalofrío en mi carne, tal vez por el recuerdo de haber vivido el día más frío en mi vida, tal vez por haberme sentido increíblemente cálido. 

lunes, 12 de noviembre de 2012

El camino de vuelta al pasado


A solas, te prendo como el fuego de verano
Juntos, remamos en distintos oleajes.
Y te desahogas, me chillas con tu voz oprimida
Diciéndome que fue en balde todo el viaje

¿Acaso no has visto mis cicatrices?
¿Acaso es el fracaso un sabor digerible?
Si vivieras un minuto más de lo vivido a mi lado,
tal vez entenderías lo que viste

La rabia es una bandera blanca en esta guerra,
Nuestro amor pretérito y confundido, los soldados.
Y si te olvidas, por un segundo, de las fronteras
Déjame que te recuerde lo perdido con mis labios

domingo, 21 de octubre de 2012

De soslayo

De soslayo es la excusa que utilizan mis sentidos
para legitimar cada mirada de cazador furtivo
que dirigen a lo más profundo de tu sonrisa
cuando me hablas de los tiempos que hemos vivido

A lo lejos, las farolas crean una coreografía
de bailarinas de ballet con túnicas amarillas.
Y su luz, brilla al compás de las gotas de lluvia
que observan curiosas a través de la ventanilla.

Porque allí dentro, en nuestro refugio de hojalata,
jugando a sincronizar nuestras pulsaciones 
descubrimos que nuestros dedos terminan
lo que no es capaz de decir cada mirada

La humedad cristaliza en el fondo de tus pupilas
y tus ojos brillan como rayos de tormenta. 
Y te beso, para sentirme de una vez completo
para decirle al tiempo, que tiene mi permiso para ser eterno. 



martes, 9 de octubre de 2012

El martes que no tuvimos

Insultantemente osados
son los látidos anárquicos,
desbocados y embravecidos,
que emite mi corazón envilecido,
por la droga que surge de tus labios,
que tiene secuestrados mis sentidos.

Soy un preso del lenguaje de tus ojos.
Soy un héroe derrotado por tus hechizos.
Soy el dueño de una razón que se equivoca,
si me dice que me has enloquecido

jueves, 27 de septiembre de 2012

Hotel Herzegovina. Quinta Parte

Quiero dedicar esta entrada a Álvaro Pujol, cuyos consejos entre vasos de whisky me ayudaron a matizar y perfeccionar algunos aspectos de esta historia. 

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La recepción estaba vacía a excepción de recepcionista, que distraído y algo aburrido archivaba algunos documentos en una desgastada carpeta color marrón. Apenas se percató de la presencia de Rodrigo hasta que su olor corporal, fruto de una mezcla de cansancio y sufrimiento, le atizó su olfato. Levantó la mirada y descubrió aquella cara de rasgos mediterráneos totalmente desgastada. Apenas quedaba brillo en sus ojos y la piel parecía sucia y erosionada, como una piel de cuero mal curtida. Aquel hombre apenas debía superar la cuarentena, pero el recepcionista tenía la impresión de estar ante una persona que venía de vuelta de la vida y aún le quedaban un par de billetes de ida y vuelta en la cartera. Cualquier otro empleado de hotel, en otras circunstancias y en otro lugar del mundo, se habría cuánto menos escandalizado ante aquella visión. Pero aquel no era un hotel ni un lugar en el mundo cualquiera. Aquel recepcionista aburrido y meditabundo llevaba meses viendo a personas similares acercarse hasta su mostrador en mitad de la noche. La gran mayoría traían la misma expresión en sus rostros. Caras que habían sentido el calor del mismo infierno, y que ahora suplicaban con su mirada un lugar para descansar, aunque fuera en aquel rincón inmundo del centro de Sarajevo. El recepcionista había aprendido a tener mano izquierda con aquellos soldados. Sabía que debía atenderles rápidamente y sin hacerles demasiadas preguntas. Muchos de ellos venían borrachos y furiosos y buscaban cualquier excusa descargar su ira con quien fuera. Eran bombas humanas de relojería y sólo necesitaban la más mínima chispa para prender su mecha.

El recepcionista miró a Rodrigo e intuyó que aún no estaba borracho pero que sin duda necesitaba estarlo pronto. El alcohol escaseaba en la ciudad, pero aquel recepcionista había establecido una interesante red de contactos que le proporcionaban ingresos paralelos a su maltrecho salario. A cambio de dejar habitaciones por horas para satisfacer fogosos arrebatos de pasión y de entregar aquellas prendas de ropa que misteriosamente desaparecían en las estancias de los huéspedes, el recepcionista obtenía a cambio botellas de licor y cigarrillos. No era mucho, ni el suministro era fluido, pero sabía que aquellos hombres atormentados no miraban su economía cuando se trataba de adormecer sus conciencias con un poco de nicotina y alcohol. 

Rodrigo esperaba pacientemente a que el recepcionista terminase de cerrar aquella carpeta marrón. Tras apretar las gomas que cierran las solapas, el recepcionista, le echó una mirada rápida y escurridiza y entregó un formulario que sacó diligentemente de debajo del mostrador. Rodrigo le echó un vistazo rápido. Era un registro estándar de ingreso, mal traducido en inglés. Rodrigo soltó un suspiro de cansancio y miró con desdén al recepcionista. Acto seguido puso sobre el mostrador su pasaporte y un billete de 10 dólares. Quería irse a la cama y lo último que deseaba era perder el tiempo rellenando un estúpido registro que acabaría olvidado en el mismo cajón del que había salido.

Esa fue la señal que estaba esperando el recepcionista para iniciar sutílmente su dudoso negocio. Guiñó confidentemente un ojo a aquel soldado al tiempo que recogía su pasaporte y guardaba el billete de 10 en el bolsillo de su camisa. Se giró para coger la llave de la habitación 312 del cajetín y al ponerse de frente a él de nuevo inició la conversación en un inglés bastante bien trabajado.

- There is no minibar at the room, sir - Dijo en un tono que sonaba forzosamente lastimero.

Rodrigo volvió a resoplar, esta vez más fuerte. Tenía una gran jaqueca y un dolor insoportable en su brazo izquierdo, y lo único que quería era una ducha y unos cuantos tragos. 

- But I have a solution for that. - Continuó el recepcionista bajando la voz suavemente, como quien quiere contar un secreto. Sacó una pequeña llave del bolsillo, mostrándosela a Rodrigo como si quisiera dar mayor interés a aquel acto escénico medidamente preparado que tantas veces había hecho anteriormente. El recepcionista se agachó y desapareció de la vista de Rodrigo. Pudo oír como una cerradura se abría y se volvía a cerrar casi al instante. El recepcionista reapareció con una botella de Ginebra Gordon´s entre sus manos, haciendo un gesto como el del mago que consigue hacer aparecer un conejo del sombrero. La cara de Rodrigo se iluminó repentinamente. Miraba a la botella como un niño mira un juguete a través de un escaparate. Fijo sus ojos en los del recepcionista, en gesto universal de quien quiere saber el precio del objeto que tiene delante.

- Only for you, Sir. Only for especial guest. - dijo el recepcionista girando lentamente la botella sobre sus ejes para que Rodrigo viera con claridad la etiqueta de la botella. - Only 50 Americans Dolars, sir. Very good offer, Sir.

Cincuenta dólares por una ginebra de segunda categoría era un abuso. Pero cuando estás corriendo entre balas y explosiones y vives con el corazón a su máximo rendimiento por la incertidumbre que supone bagar entre francotiradores invisibles, cualquier precio parece adecuado ante una dosis generosa y balsámica de alcohol.

Rodrigo sacó dos billetes de 20 y otro de 10 y los arrojó sobre el mostrador al tiempo que apresaba la botella entre sus manos para observarla más de cerca. No fue un gesto de desprecio, más bien era de desesperación por llevarse aquel líquido a su estómago. El recepcionista recogía los billetes con una mueca de satisfacción.

- Sir .- Dijo aún recogiendo el dinero. - I know some ladies, bosnian girls, very good girls and very good price. Do you want any girl tonight?. - Tuvo que alzar la voz de la pregunta para captar la atención de Rodigro. Éste se giró y respondió sin vacilar.
- No, I´m waiting for a friend. Her name is Diana. Please tell her where my room is.

El recepcionista hizo el gesto del saludo militar en señal de que lo había entendido. Rodrigo le hizo un gesto de afirmación con la cabeza y se dirigió escaleras arriba con la botella aún agarrada entre sus dos manos. El recepcionista vio como la figura de aquel soldado se alejaba piso arriba y se dispuso a rellenar el formulario con los datos que había en el pasaporte. Una vez hubo acabado, se dispuso a guardar en formulario en la vieja carpeta marrón cuando la puerta del hotel se abrió.

Diana entró en el pequeño vestíbulo con paso decidido mientras se hacía dos coletas en el pelo. El recepcionista le miró con un gesto decidido, extremadamente serio. Diana le devolvió la mirada con cierta agresividad, en un tono desafiante. Cuando pasó al lado del mostrador, el recepcionista le agarró con fuerza de su brazo y la acercó violentamente la cabeza de diana hasta su boca. Sus labios casi entraban en contacto con el lóbulo de su oreja. <ya sabes lo que tienes que hacer>, le dijo tajantemente. Diana se zarandeó y se soltó de su brazo en un movimiento brusco. Le miró con una mezcla desprecio, miedo y respeto. Esta vez fue ella quien se acercó a su oído. <Lo sé, hijo de puta, dime en que habitación está>. El recepcionista le dijo el número y soltó una carcajada macabra mientras Diana subía las mismas escaleras que había subido Rodrigo minutos atrás. Entre la penumbra, el recepcionista pudo ver como Diana cambiaba forzadamente su rostro para parecer una persona asustadiza y desvalida.

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Un líquido tibio cayó sobre la cara de Rodrigo, que seguía tendido en el suelo del sótano con un dolor de cabeza como nunca antes había sentido. Levantó levemente su cabeza y noto como su pelo estaba húmedo, seguramente por la sangre que había emanado de la herida de su cabeza. Aunque su visión estaba borrosa, reconoció perfectamente la etiqueta amarilla de la botella cuyo contenido acababa de ser vertido sobre su rostro. Era la etiqueta de Gordon´s.

- Good price! - dijo aquella voz cuya familiaridad empezaba a atizar la memoria de Rodrigo - Very good price, cabrronn!.- Dijo esto último en un castellano forzado y balcanizado. Aquella voz comenzó a reirse a carcajadas que retumbaron en toda la habitación. El eco de aquella risa malvada fue demasiado para Rodrigo, quien notó como su tensión comenzaba a menguar, en el instante justo en el que se volvió a desvanecer