jueves, 22 de mayo de 2014

Microrrelato #1

Cae la niebla en el oscuro campo tras la tomenta. El olor de la tierra húmeda atraviesa mi olfato y me recuerda que aún sigo vivo. La sangre seca recubre mis manos que aún sostienen temblorosas la pala que minutos atrás volvía a echar tierra sobre la franja previamente abierta.

-  Si la tierra está húmeda, está más blanda. Si está más blanda, es más rápido cavar un agujero en ella. Pero recuerda enterrar el bulto bien hondo. Nunca es demasiado profundo.

Nunca es demasiado profundo. Nunca es demasiado profundo. Las palabras de aquella voz vieja, sabia, retumbaban en mi cabeza mientras atravieso el campo en la oscuridad cómplice de la noche.

- Coge cal y sustrato universal.  Pon la cal sobre el bulto y luego el sustrato universal encima. Con suerte aumentarás la fertilidad de la tierra y crecerá algo. Eso hará pasar desapercibido el trabajito.

El bulto. ¿Por qué lo llama el bulto?. Aquella cosificación premeditada. La deshumanización de un acto tan poco humano.

Avanzo a duras penas, tropezándome con los surcos de los cultivos. La tierra está blanda y noto como mis botas se hunden en el barro. Es como si aquel lugar no me dejara ir. Utilizo la pala como bastón y miro de reojo mis manos. Están rojas y mugrientas. Es una sangre sucia, fría, acusadora.

- La gente suele aplanar la tierra cuando acaba el trabajito. Eso es un error. Hay que esparcir la tierra aleatoriamente por encima. Disimula más. Disimula mucho más.

Era una voz vieja pero segura. Una voz firme, convincente.

- Nunca dejes que te vean demasiado la cara. La gente sospecha cuando ve a alguién desconocido. Tampoco intentes disimular con descaro, eso es de estupidos. Tienes que buscar un sitio tranquilo, y apartado. El trabajito te puede llevar unas cuantas horas. Por eso es tan importante elegir una noche de tormenta.

Veo a lo lejos mi coche aparcado en la linde del camino agrícola y siento el corazón escupir la adrenalina que segrega mi cerebro a todos los vértices de mi cuerpo. Quiero salir de aquí. Quiero abandonar la oscuridad, el campo, la culpa. La ansiedad hace que me vuelva a tropezar y caiga de bruces sobre la tierra. Me incorporo y mis rodillas se clavan en el suelo como dos estacas. Empieza a llover de nuevo. Levanto la cabeza y dejo que las gotas limpien el sudor y las lágrimas de mi rostro.

- Y recuerda, pase lo que pase, nunca jamás hables de esto con nadie. Nunca, ¿me has entendido?. - Su voz me araña todos mis sentidos. Es una voz vieja, pero autoritaria. - Mírame chaval. - giro la cabeza y miro al asiento del copiloto. - Nunca...
- Vale abuelo, nunca.

Acto seguido el viejo saca su pistola. No deberían regalar pistolas a los policias retirados del servicio. El viejo se la mete en la boca y no vacila.

Mis rodillas no responden. La pala sirve de una improvisada cruz delante mía. Creo que estoy rezando pero no consigo entender los gritos sordos de mi alma. Sé que me tengo que levantar y que tengo que huir de allí cuando antes. Sé que lo tengo que hacer pero no puedo. Sé que tengo que alcanzar ese coche, que como un faro siniestro, repleto de vísceras, esquirlas y sangre, me espera para alejarme

martes, 6 de mayo de 2014

Pequeño poema de alivo emocional

Calor intenso en medio de escalofríos,
miel en los labios con sabor a cicuta.
Cada vez estoy más convencido de
que el mes de abril es un poco hijo de puta

jueves, 27 de febrero de 2014

La faz de la quiebra

Se adormece un sentimiento crepuscular que apesta a pasado
mientras se refleja en el espejo la cara marchita de un joven asolado.

Encarna con furia un rol que siempre le ha parecido añejo,
"Aún tengo fuerzas", se dice, mientras maldice el lastre del anhelo.

Escucha con sigilo el devenir errático de otros pasos,
que se disuelven como el azucar entre la hojarasca otoñal de los calendarios

Y respira, pero no respira hondo, más bien jadea aliviado,
mientras amainan los recuerdos ventriculares que le han azotado

martes, 18 de febrero de 2014

La mitad

Un destello melancólico que alumbra el pasado.
Una batalla perdida contra la miel de los labios.
Heridas abiertas que rezuman tempestades.
Solitario bagaje de quien no fue contigo en tu viaje.

Abierto el corazon y partido en dos mitades,
se desangran los recuerdos por el hemisferio cobarde.
Astillados los ojos, secos por las lágrimas nunca vertidas.
Se distinguen entre las sombras el sabor picante de las heridas.

Suena como una sinfonía la amnesia selectiva de tu mirada,
perdida entre los ciclos anárquicos de tu alma.


lunes, 3 de febrero de 2014

Lunes a sotavento

Un estante lleno de botellas vacías
reflejan los rayos anaranjados
mientras atardece en la pedanía

Un latigazo de hastío cotidiano
se mezcla con la espuma negra
que escurre del fregaplatos

Sentado en el suelo, suena de fondo Sabina
A través de las baldosas congeladas
Del suelo de la cocina

Y lo único que sé con certeza
Es que entre la penumbra
Se burla de mi la última cerveza



lunes, 23 de diciembre de 2013

Retórica para almas en pena

Enrocado,
más bien...
absurdamente perdido.
Cuasi derrotado,
eticamente envilecido,
atentamente trastocado,
retornadamente sombrío.

Furia color vino tinto,
desmoralizante anécdota
de invierno frío.
Solo de contrabajo
en una mañana fría.
Miel en los labios
lágrimas en las heridas.


jueves, 7 de noviembre de 2013

Redoble de tambor

Un viento oscuro agitado como un recuerdo
Medio vaso vacio de whiky y sin apenas hielo
y la luna ya no brilla