La autentica furia llega en forma de puñaladas contra el espejo. Es el instante único e irrepetible en que tus ojos se cruzan con tus propios ojos en tu reflejo. Esa mirada de odio que te echas a tí mismo. Esa rabia que condensa mil huracanes. Ese sentimiento que sólo tú puedes comprender porque eres tú mismo quien esta atravesando con la mirada a tus propias retinas. Esa es, la sensación más autentica del mundo. Ni orgasmos salvajes, ni borracheras auto-destructivas ni siquiera la combinación de estas dos cosas a la vez. Esa mirada a tu propio ser es sin ninguna duda el sentimiento más crudo, real, autentico, miserable, puro y a la vez, más humano que una persona puede experimentar en su propio ser. Es la reciprocidad de la furia contra uno mismo. Furia al cuadrado. Un feedback de autoculpa, de resentimiento, de liberación, que emerge desde tus pupilas y te recorre la médula espinal como un latigazo a carne viva. Es un acto que no puede ser planeado, ni construido. Aparece de repente, dura una milésima de segundo y se va en el instante en el que te reconcilias contigo mismo. Pero, joder, el instante en el que tu odio te odia a ti mismo es acojonante. Es morder con fuerza el labio inferior de una persona con la que llevas años esperando para acostarte, y sentir como te clava sus uñas en tu espalda para canalizar el placer que tu la estas dando, pero mil veces más intenso. Es pureza visual. Es en definitiva, sentir que estas jodidamente vivo y cabreado. Es éxtasis. Es pura delicatessen sensitiva, que coño.
miércoles, 25 de enero de 2012
miércoles, 18 de enero de 2012
Hotel Herzegovina
Rodrigo dio un trago a la botella de ginebra Gordon´s, se enjuagó la boca hasta que notó como su lengua se anestesiaba y engullió el líquido templado. La ginebra tibia era un horror, por lo que la rebajaba con su propia saliva. Miró la botella y aún quedaba algo menos de la mitad. Extendió su brazo izquierdo y derramó parte del contenido sobre la herida de su brazo para desinfectarla. El dolor fue intenso pero se contuvo de soltar cualquier quejido. No quería mostrar debilidad. No debía.
Abrió y cerró el puño de su mano extendida para ver si la movilidad era buena. Lo era. Pero el dolor le atravesaba el brazo desde la punta de los dedos hasta el hombro. Miró cabizbajo la mezcla de sangre y ginebra que se deslizaba por el lavabo. Ese color rojo tenue, le tuvo absorto varios segundos. Cogió de nuevo la botella por el cuello y le dio otro trago, esta vez a conciencia. La dejó sobre la pequeña balda de plástico que había junto al toallero y, por primera vez desde que entró en la habitación del hotel, miró al espejo.
En un principio, Rodrigo fue incapaz de reconocer el rostro que aperecía reflejado. Sin duda le recordaba a él, pero parecía un versión vieja y desgastada de sí mismo. El hastío, la venganza, la desesperacion se reflejaban en sus pequeños ojos negros, sin apenas brillo en la oscuridad de sus retinas. Sus tupidas cejas formaban un arco obtuso que reforzaba el cansancio de su mirada. La frente mostraba arrugas que jamás se irían. Y su boca, su boca tenía un gesto torcido, desencajado, de aquel que se niega aceptar todo lo que ha vivido. Rodrigo estiró la mano y rozó suavemente el cristal, como queriendo transmitir cariño a esa imagen fría y desgastada. Pero la expresión de tristeza y desidia no desaparecía del cristal.
El sonido de un obús hizo volver a Rodrigo a la realidad. El estruendo provenía de lejos, tal vez tres o cuatro kilómetros si el viento soplaba de frente. Las tropas serbias seguramente estaban bombardeando los túneles subterráneos del aeropuerto que suministraban víveres y combustibles a Sarajevo. Cuando te acostumbras a las bombas, su ruido es como el de los truenos en una tormenta de verano. No asustan, sorprenden. Rodrigo sólo temía a una cosa en aquel rincón del mundo: el silencio. El silencio era el peor castigo para el soldado. Si oyes las balas te puedes poner a cubierto de quien te está disparando, si oyes los obuses puedes bajar a un sótano y esperar a que cese el ataque. Pero el silencio era el hábitat natural de los francotiradores, que desde hacía meses estaban apostados en las laderas que rodean la ciudad de Sarajevo. Un francotirador no avisa, espera en calma a que aparezcas frente a su objetivo y entonces dispara. La bala no suena, lo único que hace ruido es la caída del cuerpo abatido. Rodrigo había visto a militares y civiles caer desplomados delante de sus ojos en medio de las continuas carreras por las calles de la ciudad. Al acercarse para comprobar si había resbalado, se encontraba un agujero de bala en sus cabezas. La tensión entonces era indescriptible. El corazón le bombeaba con la fuerza de un huracán mientras la adrenalina invadía todo su cuerpo. En apenas un segundo, se daba cuenta de que estaba en el mismo punto de mira del francotirador invisible. Rodrigo jamás buscaba el origen del disparo. Su única respuesta era correr hasta el escondrijo más cercano. Entonces por primera vez el silencio se rompía y en su cabeza se oía el estruendo de los latidos de su corazón y sus jadeos entrecortados. La tension era tal, que en ocasiones corría de esquina a esquina con los brazos tan apretados a su cuerpo, que el cargador de su fusil había acabado por acerle una profunda herida en su antebrazo izquierdo.
Un nuevo obús hizo retumbar la ventana de la habitación. Este había caido más cerca, pero lo suficientemente lejos para no correr peligro. Se enjuagó la cara con agua fría a pesar de que era invierno. Hacía varios días que no llegaba gas a la ciudad para poder calentar las calderas. El golpe de frescor del agua le reconfortó. No era consciente, pero su temperatura corporal era elevada. Tenía fiebre pero había cosas más importantes que las que preocuparse en aquel momento. Se echó un poco de agua por la nuca y detrás de las orejas, dándose un leve masaje detrás de las orejas. Entonces unas manos se juntaron con las suyas y penetraron intensamente en su pelo. Aquellos dedos femeninos, largos y estilizados aunque asperos y castigados, se insertaron hasta la raíz de su cabellos, entrelazándose en sus mechones y tirando de ellos suavemente, repitiendo el movimiento con mayor intensidad. Era el primer gesto de cariño que recibía Rodrigo en meses. Apoyó sus doloridos brazos sobre el lavabo e inclinó la cabeza dejando que aquellas manos siguieran manejándole su rizado cabello. Era sentir el cielo en medio del infierno. Rodrigo se dio cuenta de lo tremendamente placentero de aquel gesto tan mundano. En aquel lugar, en ese derruido hotel a las afueras de Sarajevo, en un habitación ocre y destartalada, en un cuarto de baño con una luz mortecina que apenas alumbraba la estancia, dos manos femeninas eran el mayor regalo que, sin duda, podía recibir
Aquellas manos se posaron sobre su frente y tras comprobar la temperatura durante varios segundos una voz dijo.
- You hot- en un inglés forzado y apenas inteligible debido al fuerte acento balcánico.
- I know- dijo Rodrigo y agarrando aquellas manos mientras se daba la vuelta, posando sus ojos en los de aquella mujer. Diana le miraba con un ternura que casi le hizo llorar por un instante. Sus ojos grises centelleaban a pesar de la poca luz. Su cabello oscuro estaba recogido con dos pequeñas coletas. Su cara era pálida, salpicada por pequeñas pecas que daban a Diana un aspecto angelical. Sus labios eran pequeños, casi imperceptibles que a menudo eran humedecidos por su lengua. Era un gesto que había llamado la atención a Rodrigo desde el primer momento que la conoció, hacía tres semanas en los sótanos de la Biblioteca Nacional la noche antes de que se incendiase.
Diana se había desnudado. Su cuerpo únicamente estaba tapado por la guerrera oficial del ejército español. Diana se señaló el apellido bordado sobre la tela.
- You- dijo apuntando a Rodrigo con el mismo dedo que había señalado su apellido. - You hero.
Rodrigo miró las letras de su apellido, Escudero, y no pudo evitar pensar en lo paradójico de aquella palabra inscrita en su uniforme militar.
- No hero- respondió lacónicamente. - Just soldier.
Sus miradas se volvieron a cruzar y fue un momento mágico. Ella, con sus manos aún sobre su pelo, le atrajo suavemente hacía su boca y le besó. Rodrigo se sintió reconfortado en cuanto entró en contacto con aquellos labios. La calidez de su boca le hacía pensar en su hogar, tan lejano, que se había fundido en la nebulosa de sus recuerdos.
Rodrigo agarró por la cintura a Dijana y la condujo lentamente hacia la cama de aquella habitación marchita del Hotel Herzegovina. Se tumbaron en la cama y le susurró al oido.
- Eres lo mejor que hay en mi vida
Ella lógicamente no entendía aquel idioma extraño, pero aquella ternura en sus palabras procedentes de aquel hombre atormentando, le hizo sonrojarse como aquella noche bajo el fuego de artillería en los sótanos de la Biblioteca.
En la penumbra de la noche, los dos cuerpos se abrazaron y se fundieron en uno. Hacía minutos que había caído la última bomba sobre Sarajevo y en la ciudad no se oía ningún ruido. Sin embargo, a Rodrigo no le importaba. Era la primera vez en mucho tiempo que no tenía miedo del silencio.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Masturbándome a tempranas horas de la mañana
Me despierto con un suspiro indeleble que rompe el aire
Y en la penumbra descubro que la calidez de tu cuerpo es
pasado
Me quedo un rato absorto, embobecido, sin saber si seguir
tus pasos
Pero desecho tal idea, y decido seguir durmiendo
No hay tentación alguna más allá de evocar tu recuerdo
De la noche pasada mientras insertaba mis dedos en tu pelo
Y decido suavemente llevar mi mano hasta mi miembro
Masturbándome un buen rato, mientras está amaneciendo
(Dedicado a tí, esa paja llevaba tu nombre)
domingo, 11 de diciembre de 2011
El soliloquio del mayordomo
La aspereza de la cerveza es el sabor más cruel que conozco. La cerveza, sobre todo en las horas bajas en las que tocas fondo, no es más que un consuelo artificial. Realmente la cerveza no te anima, ni te da consejo (por mucho que los busques en el fondo del vaso). La cerveza es incapaz de darte una palmadita en el hombro o de decirte algo agradable al oido. Por más que bebas, la cerveza no va a solucionar tus problemas. Yo aquella noche parecía ignorar todo esto, porque en el momento en que la miré a los ojos por primera vez llevaba unas siete mahous e iba camino de la octava.
Fue sin duda la noche que menos hablé, pero que mi mente más cosas dijo. Ella no paraba de hablar, la mayoría eran cosas acerca de su vida, el resto eran preguntas hacía mí para saber por qué no hablaba. "Soy muy tímido" era mi respuesta, y refugiaba mi cara tras mi trinchera de vidrio cinco estrellas.
Ella hablaba. Yo hacía que escuchaba y mi mente me vociferaba desde algún rincón lejano. Es una sensación cálida y placentera aislarte por un momento del mundo, asentir rítmica y mecánicamente y dejar a tu mente que organize una orgía de pensamientos. Todos con todos, sin orden, peleándose por ver quien se folla a la idea más inocente e impone su criterio.
Cuando el camarero se acercó a nuestra mesa para avisar del cierre yo tenía una embriaguez tan absurda como acorde con aquel momento tan bizarro. Cuando una situación es absurda, casi circense, se ve maravillosamente genial a través de los ojos del alcohol. Y para mí aquel viaje a las entrañas del Barrio de Malasaña fue como la búsqueda de Oz, sólo que sin aquel perro-patada estridente.
Íbamos cogidos del brazo, calentándonos por medio de la fricción de nuestras caderas. Yo era incapaz de ver las vallas rojas y azules, pero por ahí debían de estar porque estábamos haciendo un slalom cojonudo. Seguías hablando sin cesar, está vez mucho más contenta. Parecía que tu lengua se alimentaba a base de Tequilas Sunrise y tenía combustible para largo. Yo escuchaba y escuchaba y seguía escuchando, como un mayordomo que observa a sus señores atiborrarse y emborracharse durante la cena. Elegantemente vestido, reposando en un rincón, decidiendo a cuál de las invitadas se tiraría primero, o cuánto tendría que escupir en el vino para que dijeran algún comentario como "se nota el roble en este Burdeos".
Decidí decir lo más inteligente que mi mente podía elaborar en aquél instante. Te empujé suavemente contra la puerta de madera de un portal. Te puse un dedo en los labios antes de que terminaras la frase "pero que estas haci....". Te miré a los ojos y con el acento más galán que pude imitar te dije: "si fuera tu mayordomo serías la primera de mi lista". "De que lista estas habl...." pero no te dio tiempo a terminar la frase porque te bese en la boca con todo el cariño que pude.
jueves, 17 de febrero de 2011
La leve brevedad de la locura
Volví a mirar el vaso de plástico que sujetaba entre mis dedos. Apenas quedaban unos restos de espuma de cerveza. Levanté la vista y vi el ambiente de la discoteca. La gente estaba eufórica, totalmente descontrolada. Estaba en la zona del karaoke y el espectaculo había pasado de divertido a borracho-esperpéntico. Un grupo de ingleses echaban un pulso verbal a ver quienes de ellos conseguía destrozar antes "Don´t Stop Me Now" de Queen. Volvía a mirar el vaso y resoplé. Llevaba cerca de tres horas bebiendo y no conseguía emborracharme. Había mezclado cerveza con tequila y con dos clases distintas de absenta, en un vano intento de intoxicarme aquella noche de lunes. En mi mente, el debate subía de tono entre los partidarios del "eres un macho" y "eres un alcóholico". Lo que realmente sucedía es que era un cretino gilipollas pozo-sin-fondo, que no hacía más que dejarse dinero en la barra de los bares con identico resultado: aburrimiento vanal y superficial.
Me acordé entonces de aquellas juergas cerca de Ciudad Universitaria en el centro de Madrid. Aquellas noches infinitas subidos a las mesas y cantando canciones de rugby con mis compañeros de equipo. Recordaba aquellos viajes etílicos sin rumbo, en los que la sonrisa no abandonaba nunca mi boca. Aquellas noches de codo en barra y manos humedas por las jarras de cerveza fría. Aquellos intentos locos y osados de intentar ligar con chicas con las historias más disparatadas posibles.
- Alex ¿te tienes que volver a ir?- me preguntaba un amigo con una mueca de seriedad fingida
- Me temo que sí, las vacunas en África no se ponen sólas- le respondía afligido
- ¿Y quién cuidará de los delfines?- me replicaba aumentando el dramatismo de sus palabras
- Ya habrá más entrenadores, mi deber está con los niños - e intentaba contener las carcajadas
Posicionados estratégicamente cerca de las chicas, que escuchaban incredulas nuestra conversación, inventabamos noche tras noches historias estrafalarias para ver si alguna picaba. Con las guiris eramos más directos, automáticamente las soltábamos un I´m a Spanish Bullfighter y comenzabamos a darlas pases con un capote ficticio. Si alguna entraba al trapo pronto la decíamos la verdad, no fuera a ser que la mentira nos golpease con la misma fuerza que la decíamos. En el fondo no eramos tan cabrones.
Pero aquel lunes, allí plantado a 2.500 kilómetros de aquel bar de Madrid todo era muy distinto. Budapest es una ciudad brutal, pero a veces lo es tanto que te acaba consumiendo en sus entrañas, es decir, en sus sotanos convertidos en bares oscuros. Una vez, un amigo me dijo que la ciudad era decante pero sublime, no puedo estar más de acuerdo.
Aquella discoteca, a la que ibamos todos los lunes, me estaba consumiendo el alma. Por pocos florines podías beberte tres cervezas tibias y aguadas para luego, al finalizar aquella especie de happy hour, seguir hinchandote a tequilas acompañados de gajos de naranja con canela. He de reconocer que los primeros días no estaban nada mal, pero al cabo de unos meses, estar allí cada semana suponía tener que interpretar un rol que empezaba a odiar. Me sentía realmente como un actor en un gran teatro en el que todo es artificial y bizarro. Me veía ahi, apoyado en la pared con el vaso en la mano, como un actor secundario que tiene que ver paciente y aburrido la gran escena que se abre ante sus ojos, donde los protagonistas apuñalaban con sus graznidos el recuerdo del gran Freddy Mercury al tiempo que peleaban por acaparar los micrófonos del karaoke.
Ese día dije "basta" y me fui de allí sin tiempo a que el adulterado alcohol me hiciese el poco efecto que solía hacer. Salí del local y el frio aire invernal de Hungría me dio una bofetada en la cara que me hizo volver a la realidad por un instante. Caminé por la Avenida Andrassy mientras los maniquís dormidos de Louis Vuitton y Dolce & Gabbana me miraban altivos. Esos andróginos de plástico vestían mejor que yo y parecían saberlo. Les miré pensando en esto y seguí caminando, con la cabeza medio hundida en el cuello del abrigo.
Llegue a la plaza de Oktogon y me monté en el tranvía numero 6. Un par de paradas después me apeaba para ir a mi casa. No obstante antes decedí pasarme por la tienda 24 horas y comprarme la última cerveza. "A salud de los caídos en combate" pensé. Pagúe y salí a la calle. De repente mis ojos se clavaron en los ojos de un vagabundo agazapado en un portal al otro lado de la acera. Fue una mirada fugaz, directa a sus pupilas. El también me estaba mirando fijamente. Sin pensarlo volví a la tienda y compré otra cerveza igual que la mía y me dirigí a donde él estaba. Se la dí y me miró extrañado. Me senté a su lado y tras dar un sorbo comencé a hablar.
- Soy un gilipollas, ¿sabés?. Se me está yendo la cabeza a lugares que no me gustan nada y lo peor es que me doy cuenta y no hago nada para remediarlo. Quizá piense que el resto del mundo sean una panda de superficiales de mierda, pero que cojones yo al fin y al cabo soy igual.
El vagabundo me miró sin entender absolutamente nada. Abrió su cerveza y siguió expectante, tal vez por aburrimiento, tal vez por ver a donde llevaba aquello.
- Necesito que me den una paliza psicologica para volver a estar a tono, ¿sabes?, como un boxeador que necesita ser knoqueado para descubrir que tiene que hacerse más fuerte, el problema es que creo que a todo el mundo se la suda lo que yo siento. Qué se yo, si yo no me preocupo del resto quién cojones se va preocupar por mí.
El vagabundo me miró y se llevo las manos a la boca haciendo un gesto de querer comer.
- Ya entiendo- le dije al tiempo que me levantaba- gracias por la charla amigo- y brindé chocando mi lata de cerveza con la suya.
Volví al 24 horas compré un par de sandwiches y se los dí.Mientras volvía a casa no podía parar de descojonarme... "te vas a la puta cama y sin rechistar Alex," me decía a mi mismo entre risas, terminando el último trago de cerveza
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