viernes, 24 de agosto de 2012

El horizonte es una frontera imaginaria

Ha salido al fin el sol
tras la noche escarchada
por el frio pasado.

(No es bella, el ave herida, pero es peligrosamente atrevida)

Si puedes ver la luz más allá del crepúsculo,
y sentir, que todo lo que tienes cabe en tu mano,
podrás estar seguro de que no miento si te digo,
que por mil sueños que sueñes,
por mil pasos que andes,
eres libre, y todo lo que hay en esta tierra,
carece de sentido, si por fin has conseguido
ser el único carcelero de tus sentimientos,

(Y no dudo en pelear sin espada y sin escudo
contra aquellos que pretenden que los lazos sean nudos
y que olvidan, que he librado mil batallas)

lunes, 20 de agosto de 2012

Hotel Herzegovina, Segunda Parte


El sonido grave de las gotas de lluvia cayendo sobre el plástico rompía la aburrida monotomía de la tarde. El pequeño refugio construido a base de tela de camuflaje y chubasqueros parecía resistir los embistes de la lluvia, que por tercer día consecutivo caía sobre Sarajevo. Tres largos y penosos días en los que Rodrigo Escudero había tenido que permanecer en su puesto de vigilancia en las colinas que se extendían detrás del cementerio musulmán, en la parte noreste de la ciudad. Desde su posición, Rodrigo tenía una vista periférica que dominaba gran parte de la ciudad. Podía ver las tumbas blancas, dispuestas desordenadamente, como copos caídos durante las primeras nieves. Podía ver igualmente el rio Miljacka entrando en la parte vieja de la ciudad y las azoteas de los edificios de los barrios del área de Titova. Eran edificios majestuosos, elegantes, hijos del neoclasicismo francés de finales del siglo XIX. Hubiera sido una postal preciosa de no ser porque la mayoría de aquellas fachadas estaban, en el mejor de los casos, asoladas por los agujeros de las balas, en el peor de los casos estaban derruidas, como gigantes heridos en medio de la batalla. Durante las tres noches que había pasado atrincherado en aquella posición, Rodrigo había pasado las horas contemplando como los edificios se incendiaban al recibir en impacto de los obuses, y como la fuerte lluvia apagaba las llamas en cuestión de minutos. Era, en su opinión, un vals macabro de luces y sombras que, aleatoriamente, aparecían ante sus agotadas retinas. Rodrigo sabía, que cada explosión iba a ser un recuerdo grabado a fuego en su memoria. Que cada fulgor en medio de aquella oscuridad aprisionada entre montañas no iba a desaparecer de su mente jamás.

Rodrigo era un espectador pasivo de aquella lucha entre ejércitos invisibles, cuyas únicas víctimas eran lo que antaño, había sido el orgullo y la gloria de los mismos hombres que estaban derruyendo su propia obra. Por primera vez desde que era soldado, Rodrigo se dio cuenta de lo absurdamente incomprensible de todo aquello. De cómo el ser humano, que había sido capaz de unir sus fuerzas y sus manos para levantar aquella majestuosa ciudad, la estaba usando como escudo ante los ataques de sus congéneres. Era, sin lugar a dudas, el invierno de la raza humana.

Lo más absurdo de todo aquello, pensaba Rodrigo, es que ni siquiera aquella guerra era la suya. Él estaba allí porque a algunas de las cabezas pensantes de la OTAN les había parecido oportuno colocar a observadores sobre el terreno. Observar, pensó Rodrigo. Para él no había mayor tortura. Quedarse quieto, vigilar, informar, no disparar sino le disparaban primero, aguardar y contemplar como el mundo se derrumbaba ante sus ojos mientras un aluvión de ideas y sentimientos invadía su mente, como el torrente del agua que va a parar directamente al mar y al contacto con la sal se pierde para siempre en un gran océano. Sus ideas, sus sentimientos, jamás iban a salir de aquella trinchera cubierta por chubasqueros verdes y tela de camuflaje y lo más frustrante de todo es que él lo sabía.

Aquella tarde, Rodrigo pensó seriamente en desertar. Pensó que ya no valía la pena seguir no luchando por una casa que no comprendía. Lo único que le retenía en aquel lugar era Diana. Desde aquel permiso en el Hotel Herzegovina, Diana se había convertido en el único motivo para seguir sujetando un arma entre sus brazos. Rodrigo no quería disparar, ni matar, ni siquiera herir al enemigo. Rodrigo quería sobrevivir para poder volver a los finos brazos de aquella mujer. Era su "ser de luz", su verdadero estímulo para seguir adelante. Por eso, cada vez que oía un ruido, un crujir de ramas en las cercanías de su escondite, Rodrigo agarraba su fusil como quien protege un tesoro, sabedor de que aquel invento macabro de la humanidad era su único valuarte para seguir vivo y poder volver a ver a Diana. Esos tres kilos de metal y plástico, relleno de pólvora en pequeñas cápsulas, era su salvavidas. Y eso, a Rodrigo, le revolvía las tripas

Rodrigo podía ver como la mayor parte de la ciudad se consumía entre el polvo y las cenizas provocadas por la artillería Serbia y sin embargo se sentía seguro. Eso era porque sabía que Diana se encontraba en el distrito de Petrovici, en la región este, justo a las espaldas de su posición. Mientras las bombas cayeran en el centro de la ciudad, delante de su campo visual, no había peligro alguno para Diana. Rodrigo se preguntaba qué estaría haciendo. Seguramente estuviera en el sótano de la casa de su hermano, leyendo algún cuento a sus sobrinos o ayudándoles con los deberes. Tal vez estuviera cocinando algún guiso de los que le dio a probar cuando le llevó aquella noche a casa de sus padres, o estuviera pensando en él, jugando entre los dedos con el Carnet de Conducir que Rodrigo le dio para que tuviera una foto suya.

Rodrigo estaba tan ensimismado en sus pensamientos, acurrucado en su pequeña trinchera, que cuando oyó aquella explosión, procedente de un lugar poco habitual, su corazón casi se sale de su pecho. Rodrigo se reincorporó de un salto y agarró con fuerza su fusil. Retiró el fleco de la tela de camuflaje y por la pequeña abertura escrutó la ciudad ante sus ojos. Sus temores iniciales se hicieron más fuertes cuando descubrió que la bomba no había caído donde lo llevaba haciendo toda la semana. Con la respiración entrecortada, Rodrigo repasó con la mirada rápidamente cada edificio, cada plaza, cada calle, pero no había rastro de humo. El corazón le bombeaba a una velocidad de vértigo, expulsando adrenalina a cada rincón de su cuerpo. Rodrigo repasaba cada rincón de aquella ciudad que comenzaba a desaparecer, engullida por la oscuridad del ocaso. Pero no había nada, todo estaba tranquilo, inmutable. Una nueva explosión hizo que Rodrigo soltara un grito de espanto. Esta vez no había duda, estaban bombardeando alguna posición a sus espaldas.

Diana, por dios, Diana, pensó Rodrigo con una voz que sonaba asustadiza y entrecortada en su cabeza.

Sin pensarlo, Rodrigo cogió su radio de campaña y la encendió. Sabía que estaba violando varias normas, ya que no debía encenderla nada más que a las 10 de la noche para pasar el informe diario y en casos de extrema emergencia, pero le daba igual. Buscó el canal que le habían asignado y habló con apresuradamente, casi gritando.

- Mando, aquí Escudero, posición Alfa Tango 665, ¿me reciben?.
El silencio que provocaban las interferencias de la radio puso aún más frenético a Rodrigo.
- Mando - repitió aún más fuerte - ¡Me reciben!
- Aquí Mando, le recibimos, ¿Ocurre algo?
- Las bombas, ¿Donde coño están cayendo las bombas? - Tenía el auricular cogido con las dos manos y literalmente estaba de rodillas gritando hacia él.
- Rodrigo cálmate - reconoció la voz, era Padilla, el soldado a cargo de las comunicaciones, había hecho la instrucción con Rodrigo y se habían reencontrado en Bosnia. Eran viejos amigos. - Déjame que miré. - se produjo una pausa de varios segundos que se le hicieron eternos. - Vale, aquí tengo los datos de las explosiones, ¡Vaya! estos cabrones de los serbios están moviendo su artillería... Dejame comprobarlo de nuevo... Rodrigo no tienes porque ponerte histérico, tu posición no debería estar en la línea de tiro, estás a salvo
- Joder Padilla, ¡eso me da igual!, dime donde cojones están cayendo las bombas- una nueva explosión hizo enmudecer a Rodrigo un segundo, el tono pasó de ser agresivo a convertirse en un súplica. - Por favor, dime qué distritos están bombardeando
- Espera - La voz de Padilla sonaba tierna, como la de una madre que consuela a un hijo. - Según los datos que tengo están atacando las zonas de Novo Sarajevo, Hendek... y Petrovici.

La voz de Padilla seguía dando datos desde el otro lado de la radio pero Rodrigo ya no le escuchaba. Su mente había bloqueado cualquier estímulo del exterior. Estaba pensando en Diana, pero ya no en escenas tiernas y domésticas, sino en Diana aterrada, abrazando a alguno de sus sobrinos entre sus brazos, en el oscuro sótano de la casa de su hermano. Desde la radio, Padilla le estaba haciendo algún tipo de pregunta pero Rodrigo estiró la mano lentamente y apagó el interruptor. El silencio volvió a invadir el refugio. Era un silencio expectante, de los que se hacen más intensos cuando sabes que un ruido fuerte es inminente. Y la cuarta bomba llegó, esta vez como el rugir de cien tempestades juntas o eso le pareció a Rodrigo.

El sudor frió le caía chorretones por las sienes y las manos le comenzaban a doler de tener durante tanto tiempo los puños cerrados. Rodrigo sabía que no podía abandonar su posición hasta que no recibiera ordenes que se lo permitieran. Rodrigo sabía que abandonar aquel refugio suponía desobedecer al Mando y ser sometido a un juicio militar. Rodrigo sabía todo eso pero aún así no dejaba de mirar la puerta que daba acceso al exterior. Rodrigo cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir inyectados en sangre. Cogió aire con fuerza y... antes de que se pusiera el sol sobre Sarajevo, retumbó sobre el valle la quinta explosión

viernes, 8 de junio de 2012

A vuela pluma, el pájaro quedó desnudo


Mi voz ardiente grita
un silencio mal administrado.
Mis palabras son fuego. Mi mirada,
un desierto helado

Odiame, pero al menos dime que me odias.

Mis recuerdos están salpicados de cristales rotos
de la amargura del whisky por despecho,
de la absurdez de los amaneceres solitarios,
de la dulzura de la sangre que emana de un corazón roto

Quiereme, pero al menos cállate lo que sientes

Por primera vez voy a dejar de temer a la oscuridad
que produce la sombra que sigue tus pasos.
or primera vez voy a ser libre, como un pájaro
que, a vuela pluma,  al fin quedó desnudo

miércoles, 8 de febrero de 2012

My heart skipped a beat

A tí que me escuchas
a tí que no estás a mi lado
te digo con la fuerza de cien batallas
con el sonido de mil tempestades
que jamás en la vida que viva
voy a olvidar el momento en el que provocaste
que por primera vez pude sentir
el instante único e irreparable
en el que mi corazón se olvidó de latir...
... (gracias por recordarme lo que es vivir)

miércoles, 25 de enero de 2012

Furia

La autentica furia llega en forma de puñaladas contra el espejo. Es el instante único e irrepetible en que tus ojos se cruzan con tus propios ojos en tu reflejo. Esa mirada de odio que te echas a tí mismo. Esa rabia que condensa mil huracanes. Ese sentimiento que sólo tú puedes comprender porque eres tú mismo quien esta atravesando con la mirada a tus propias retinas. Esa es, la sensación más autentica del mundo. Ni orgasmos salvajes, ni borracheras auto-destructivas ni siquiera la combinación de estas dos cosas a la vez. Esa mirada a tu propio ser es sin ninguna duda el sentimiento más crudo, real, autentico, miserable, puro y a la vez, más humano que una persona puede experimentar en su propio ser. Es la reciprocidad de la furia contra uno mismo.  Furia al cuadrado. Un feedback de autoculpa, de resentimiento, de liberación, que emerge desde tus pupilas y te recorre la médula espinal como un latigazo a carne viva. Es un acto que no puede ser planeado, ni construido. Aparece de repente, dura una milésima de segundo y se va en el instante en el que te reconcilias contigo mismo. Pero, joder, el instante en el que tu odio te odia a ti mismo es acojonante. Es morder con fuerza el labio inferior de una persona con la que llevas años esperando para acostarte, y sentir como te clava sus uñas en tu espalda para canalizar el placer que tu la estas dando, pero mil veces más intenso. Es pureza visual. Es en definitiva, sentir que estas jodidamente vivo y cabreado. Es éxtasis. Es pura delicatessen sensitiva, que coño. 

miércoles, 18 de enero de 2012

Hotel Herzegovina

Rodrigo dio un trago a la botella de ginebra Gordon´s, se enjuagó la boca hasta que notó como su lengua se anestesiaba y engullió el líquido templado. La ginebra tibia era un horror, por lo que la rebajaba con su propia saliva. Miró la botella y aún quedaba algo menos de la mitad. Extendió su brazo izquierdo y derramó parte del contenido sobre la herida de su brazo para desinfectarla. El dolor fue intenso pero se contuvo de soltar cualquier quejido. No quería mostrar debilidad. No debía.

Abrió y cerró el puño de su mano extendida para ver si la movilidad era buena. Lo era. Pero el dolor le atravesaba el brazo desde la punta de los dedos hasta el hombro. Miró cabizbajo la mezcla de sangre y ginebra que se deslizaba por el lavabo. Ese color rojo tenue, le tuvo absorto varios segundos. Cogió de nuevo la botella por el cuello y le dio otro trago, esta vez a conciencia. La dejó sobre la pequeña balda de plástico que había junto al toallero y, por primera vez desde que entró en la habitación del hotel, miró al espejo.

En un principio, Rodrigo fue incapaz de reconocer el rostro que aperecía reflejado. Sin duda le recordaba a él, pero parecía un versión vieja y desgastada de sí mismo. El hastío, la venganza, la desesperacion se reflejaban en sus pequeños ojos negros, sin apenas brillo en la oscuridad de sus retinas. Sus tupidas cejas formaban un arco obtuso que reforzaba el cansancio de su mirada. La frente mostraba arrugas que jamás se irían. Y su boca, su boca tenía un gesto torcido, desencajado, de aquel que se niega aceptar todo lo que ha vivido. Rodrigo estiró la mano y rozó suavemente el cristal, como queriendo transmitir cariño a esa imagen fría y desgastada. Pero la expresión de tristeza y desidia no desaparecía del cristal. 

El sonido de un obús hizo volver a Rodrigo a la realidad. El estruendo provenía de lejos, tal vez tres o cuatro kilómetros si el viento soplaba de frente. Las tropas serbias seguramente estaban bombardeando los túneles subterráneos del aeropuerto que suministraban víveres y combustibles a Sarajevo. Cuando te acostumbras a las bombas, su ruido es como el de los truenos en una tormenta de verano. No asustan, sorprenden. Rodrigo sólo temía a una cosa en aquel rincón del mundo: el silencio. El silencio era el peor castigo para el soldado. Si oyes las balas te puedes poner a cubierto de quien te está disparando, si oyes los obuses puedes bajar a un sótano y esperar a que cese el ataque. Pero el silencio era el hábitat natural de los francotiradores, que desde hacía meses estaban apostados en las laderas que rodean la ciudad de Sarajevo. Un francotirador no avisa, espera en calma a que aparezcas frente a su objetivo y entonces dispara. La bala no suena, lo único que hace ruido es la caída del cuerpo abatido. Rodrigo había visto a militares y civiles caer desplomados delante de sus ojos en medio de las continuas carreras por las calles de la ciudad. Al acercarse para comprobar si  había resbalado, se encontraba un agujero de bala en sus cabezas. La tensión entonces era indescriptible. El corazón le bombeaba con la fuerza de un huracán mientras la adrenalina invadía todo su cuerpo. En apenas un segundo, se daba cuenta de que estaba en el mismo punto de mira del francotirador invisible. Rodrigo jamás buscaba el origen del disparo. Su única respuesta era correr hasta el escondrijo más cercano. Entonces por primera vez el silencio se rompía y en su cabeza se oía el estruendo de los latidos de su corazón y sus jadeos entrecortados. La tension era tal, que en ocasiones corría de esquina a esquina con los brazos tan apretados a su cuerpo, que el cargador de su fusil había acabado por acerle una profunda herida en su antebrazo izquierdo.  

Un nuevo obús hizo retumbar la ventana de la habitación. Este había caido más cerca, pero lo suficientemente lejos para no correr peligro. Se enjuagó la cara con agua fría a pesar de que era invierno. Hacía varios días que no llegaba gas a la ciudad para poder calentar las calderas. El golpe de frescor del agua le reconfortó. No era consciente, pero su temperatura corporal era elevada. Tenía fiebre pero había cosas más importantes que las que preocuparse en aquel momento. Se echó un poco de agua por la nuca y detrás de las orejas, dándose un leve masaje detrás de las orejas. Entonces unas manos se juntaron con las suyas y penetraron intensamente en su pelo. Aquellos dedos femeninos, largos y estilizados aunque asperos y castigados, se insertaron hasta la raíz de su cabellos, entrelazándose en sus mechones y tirando  de ellos suavemente, repitiendo el movimiento con mayor intensidad. Era el primer gesto de cariño que recibía Rodrigo en meses. Apoyó sus doloridos brazos sobre el lavabo e inclinó la cabeza dejando que aquellas manos siguieran manejándole su rizado cabello. Era sentir el cielo en medio del infierno. Rodrigo se dio cuenta de lo tremendamente placentero de aquel gesto tan mundano. En aquel lugar, en ese derruido hotel a las afueras de Sarajevo, en un habitación ocre y destartalada, en un cuarto de baño con una luz mortecina que apenas alumbraba la estancia, dos manos femeninas eran el mayor regalo que, sin duda, podía recibir

Aquellas manos se posaron sobre su frente y tras comprobar la temperatura durante varios segundos una voz dijo.
- You hot- en un inglés forzado y apenas inteligible debido al fuerte acento balcánico.
- I know- dijo Rodrigo y agarrando aquellas manos mientras se daba la vuelta,  posando sus ojos en los de  aquella mujer. Diana le miraba con un ternura que casi le hizo llorar por un instante. Sus ojos grises centelleaban a pesar de la poca luz. Su cabello oscuro estaba recogido con dos pequeñas coletas. Su cara era pálida, salpicada por pequeñas pecas que daban a Diana un aspecto angelical. Sus labios eran pequeños, casi imperceptibles que a menudo eran humedecidos por su lengua. Era un gesto que había llamado la atención a Rodrigo desde el primer momento que la conoció, hacía tres semanas en los sótanos de la Biblioteca Nacional la noche antes de que se incendiase. 

Diana se había desnudado. Su cuerpo únicamente estaba tapado por la guerrera oficial del ejército español. Diana se señaló el apellido bordado sobre la tela.
- You- dijo apuntando a Rodrigo con el mismo dedo que había señalado su apellido. - You hero. 
Rodrigo miró las letras de su apellido, Escudero, y no pudo evitar pensar en lo paradójico de aquella palabra inscrita en su uniforme militar.
- No hero- respondió lacónicamente. - Just soldier. 

Sus miradas se volvieron a cruzar y fue un momento mágico. Ella, con sus manos aún sobre su pelo, le atrajo suavemente hacía su boca y le besó. Rodrigo se sintió reconfortado en cuanto entró en contacto con aquellos labios. La calidez de su boca le hacía pensar en su hogar, tan lejano, que se había fundido en la nebulosa de sus recuerdos. 

Rodrigo agarró por la cintura a Dijana y la condujo lentamente hacia la cama de aquella habitación marchita del Hotel Herzegovina. Se tumbaron en la cama y le susurró al oido.
- Eres lo mejor que hay en mi vida
Ella lógicamente no entendía aquel idioma extraño, pero aquella ternura en sus palabras procedentes de aquel hombre atormentando, le hizo sonrojarse como aquella noche bajo el fuego de artillería en los sótanos de la Biblioteca. 

En la penumbra de la noche, los dos cuerpos se abrazaron y se fundieron en uno. Hacía minutos que había caído la última bomba sobre Sarajevo y en la ciudad no se oía ningún ruido. Sin embargo, a Rodrigo no le importaba. Era la primera vez en mucho tiempo que no tenía miedo del silencio.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Masturbándome a tempranas horas de la mañana


Me despierto con un suspiro indeleble que rompe el aire
Y en la penumbra descubro que la calidez de tu cuerpo es pasado
Me quedo un rato absorto, embobecido, sin saber si seguir tus pasos
Pero desecho tal idea, y decido seguir durmiendo

No hay tentación alguna más allá de evocar tu recuerdo
De la noche pasada mientras insertaba mis dedos en tu pelo
Y decido suavemente llevar mi mano hasta mi miembro
Masturbándome un buen rato, mientras está amaneciendo

(Dedicado a tí, esa paja llevaba tu nombre)